martes, 3 de noviembre de 2009

La moral en tipos con cólera



Cuando los problemas de la vida real dejen de ser estimulantes, recurra a remediar los de la ficción, y a ésta júzguela como si en ello le fuera la vida. Treinta y cuatro años después de la primera edición de El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, Enrique Krauze (Letras Libres, octubre de 2009), encontró algunas fallas éticas en el texto: “Más allá del lenguaje, la trama no deja de registrar la subjetividad del tirano: sus nostalgias, sus miedos, sus sentimientos. Pero la simplicidad de su mundo interior resulta moralmente ofensiva: rara vez se escuchan reflexiones sobre las responsabilidades y dilemas del poder, cavilaciones sobre el mal, la abyección o el cinismo, mucho menos el atisbo de un drama de conciencia”. “En el texto sólo hay espacio para la conciencia del dictador. Todo sucede en, para, desde la perspectiva del patriarca”. “[…] una novela en la que la palabra ‘tirano’ se suaviza dulcemente en ‘patriarca’ […]”. ¡Ah qué García Márquez y sus novelitas que resultan ofensivas a la moral de Krauze! ¿Cómo no se le ocurrió al colombiano inventar un tirano demócrata o un lenguaje que fuera capaz de evidenciar una dictadura reflexiva y culposa, ajena al plan de su libro? ¿Por qué no pudo darle voz a los sometidos para que las buenas conciencias no tengan conflictos espirituales? No le hace que fuera nomás voz literaria, el caso es que el déspota de su novela no anduviera, décadas después, arrastrando en el lodo lo políticamente correcto.

Si la justicia no es justa y las explicaciones lógicas para tratar de entender semejante pleonasmo ya se le agotaron, busque la raíz del problema en el manual perfecto para cometer crímenes que es la literatura. Rogelio Villarreal (Milenio Semanal, número 609), nos contó el domingo anterior: “En el breve y penoso capítulo ‘Succar leyó Lolita’ Lydia Cacho cita a la periodista colombiana Sonia Gómez, quien reprocha a su célebre paisano [García Márquez] ‘no haberse ocupado, a estas alturas de la vida, por contarnos historias que nos den luces para salir de esta noche negra de Colombia, donde los niños y especialmente las niñas, se han convertido en carne tierna para roedores humanos’”.


No tiene remedio, Gabriel García Márquez empedró el camino hacia el premio Nobel con las peores taras latinoamericanas y lavó los trapos sucios fuera de casa. Anatema. Es un alivio que Cacho y Krauze, tarde pero con enjundia, se hayan decidido a rescatar el arte de la moral única, al estilo de José Stalin, con el equivalente ético de aplicar un IVA de 2 por ciento para salvarnos de la miseria cívica que padecemos, ambos proponen desterrar a Gabo el impío a un gulag de mentiritas, donde se le negará el apoyo de la opinión pública que busca la trascendencia ontológica con airadas protestas contra la libertad de los escritores o contra cualquier cosa que le señalen las esforzadas y esforzados (como Krauze y Cacho) que velan por los más altos valores, aunque sea en la ficción.


Los insidiosos que nunca faltan ya buscan mensajes cifrados detrás de esta coincidencia temporal y argumental de Lydia Cacho y Enrique Krauze. La primera exige que el papá de Cien años de soledad reconozca que tiene responsabilidad moral con el destino de su obra, particularmente con la novela Memoria de mis putas tristes. El segundo, harto de jugar a la Ouija en busca de la guía perdida de Octavio Paz, sugiere que García Márquez expíe sus culpas morales mediante un “acto de justicia poética” (luego de leer tal frase, no queda más que tragar saliva y que la garganta suene con un rotundo gulp): que se deslinde de Fidel Castro.


Mientras García Márquez acata las propuestas de tan preclaras mentes (en este mismo instante debe estar transido, a punto de la fiebre), a los que no accedemos a la justicia, a secas, a quienes nadie nos hace caso cuando exigimos a los gobernantes responsabilidad, legal al menos, la oportunidad se nos presenta reluciente: Krauze encontró, otra vez, la alfombra mágica que va de la ficción a la realidad, que le demande a Paco Ignacio Taibo II que su novela Héroes convocados se vuelva la más estricta justicia poética en el mundo objetivo, donde la crisis, la guerra contra el narco, la pobreza de millones -y la de ciertos intelectuales- campean. Revisionismo político y moral en la literatura, por eso sindicatos como el de los electricistas pueden hacer del surrealismo arma social.


Augusto Chacón
Milenio on line (24.Oct.09)

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