
Es inevitable: frente al pelotón de fusilamiento de las revistas cabe imaginar lo que sucedería si éstas no existieran, en particular, tres de las más importantes de México. Tomemos como ejemplo la biografía “Gabriel García Márquez. Una vida” escrita por Gerald Martin, que pronto circulará en el país.
Si ese fuera el escenario, o sea si las revistas no existieran, en octubre no habríamos leído en Proceso estractos del capítulo “La Revolución Cubana y Estados Unidos (1959-1961)” ni en nexos el pasaje “Hambre en París: La bohême”. Pero sobre todo no habriamos estudiado la espléndida reseña que del libro hizo Enrique Krauze para Letras Libres. En los primeros dos casos, se trata de la promoción de un libro; sobra señalar la importancia de impulsar la lectura en un país con tan bajos índices al respecto. Pero en el tercer caso hay una revisión del mismo que ofrece al lector más elementos de juicio para valorar el trabajo del biógrafo.
Al tomar en consideración los estractos reproducidos en Proceso y nexos (que es el material del que hasta ahora dispone el consumidor de revistas) podemos confirmar la línea crítica de Krauze que escudriña en coordenadas que Martin desestimó o no observó durante su ardua tarea de 17 años. Y algo más, que el historiador mexicano no dice explícitamente aunque me parece central: el biógrafo aceptó los límites que a su trabajo le representó García Márquez y éstos van desde su admiración al escritor colombiano que le ímpide una muestra integral del personaje, hasta no cuestionar la verosimilitud de varios recuerdos de Gabo como ese donde afirma que, cierta vez durante su periplo de juventud en Francia, comió desperdicios de un bolsa de basura que él tiró a pedido de la anfitriona que lo invitó a una fiesta. ¿Tenemos derecho a dudar de ese pasaje? ¿No habría sido más fácil, y sobre todo menos humillante, pedir un plato para la cena y aún así mantener impecable la heroicidad del escritor que escribe contra viento, marea y hambre? En lo personal considero más probable el hilillo de sangre aquel que recorrió Macondo a la muerte de uno de los Buendía que la increíble y triste historia del hombre que comió basura.
Entiendo que hacer una biografía implica investigar, inquerir, averiguar y contrastar, entre otras labores que también son propias del periodismo, por eso éste es, como escribió García Márquez “una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”. En contraste, “el Tío Yeral”, como le llaman en la familia de Gabo, cree que la biografía es algo así como el retrato ordenado al artista por los jerarcas de la monarquía o de la iglesia católica para su promoción en los tiempos europeos de los siglos XVII y XVIII. Envuelto en esa estela de entrañable amistad y dada la admiración que su personaje le suscita al biógrafo resulta sencillo que, aún con cierto donaire de resignación, el escritor le dijera al biógrafo “Y de todos modos no te preocupes. Yo seré lo que tu digas que soy”, para que, en realidad, se trazara en el lienzo de su pintura una especie de autorretrato hecho por otro, una biografía “tolerada” en la que Martin lo sitúa al mismo nivel de Miguel de Cervantes Saavedra, lo cual es difícil de creer hasta para quienes admiramos tanto a Gabo.
Marco Levario Turcott
Etcétera (14.Oct.09)

No hay comentarios:
Publicar un comentario