
El feroz texto de Enrique Krauze contra las preferencias políticas de Gabriel García Márquez (“A la sombra del patriarca”, Letras Libres , octubre 2009) pretende desentrañar las motivaciones psicológicas del Nobel colombiano para sostener sus “extrañas fidelidades” con Fidel Castro, pero, en el fondo, parece una rara apelación: un escritor maravilloso, querido, admirado, premiado, leído, adinerado, imitado, estudiado y traducido no puede ni debe despedirse con una biografía monumental como la de Gerald Martin ( Gabriel García Márquez. Una vida , Debate, 2009) sin que alguien lo pase por una báscula en apariencia moral que permita enjuiciarlo no por su obra sino por –Krauze dixit -, sus “complicidades”. ¿Es esta una visión justa?
Más allá de la desmesura estética con que Letras Libres ilustra el texto de su director —una portada con García Márquez (GGM) transfigurado en pelele de Castro o la viñeta que lo sugiere ciego, sordo y mudo ante los excesos de la dictadura cubana—, el alegato de Krauze pone el acento en un terreno particularmente pantanoso que consiste en desviar la mirada del foco literario —la obra de GGM— hacia otro donde lo único que cuenta es la renuncia del intelectual, en tanto hombre público y político, a eso que suele llamarse “la verdad”.
Y aquí empiezan los dilemas.
¿Debe juzgarse a un escritor sólo por sus obras o por la decisión de, como Krauze pide, traicionar a sus amigos? Cruzar esa frontera puede ser, paradójicamente, el rasgo quizá más revelador de que se entra en el terreno del pragmatismo, en donde, dicen Denis Jeambar y Ives Roucaute, “la traición es la expresión política de la flexibilidad, la adaptabilidad”.
En otras palabras, se le pide a GGM que actúe no como lo que es —un escritor, un reportero— sino como un político que, para sobrevivir, sea capaz de administrar sus lealtades: Krauze lo crucifica porque, como intelectual, no tiene “grandeza de espíritu” pero le exige que, actuando como político, traicione, en el invierno de su vida, a sus viejas filias.
Pero, en segundo lugar, cabe preguntarse si hay en el texto de Krauze sólo el “dilema ético” de
que hace años hablaba Vargas Llosa a propósito de la política y los intelectuales o bien subyace un sedimento de desafecto personal de esos a los que, según Gerald Martin, GGM siempre le dio la vuelta por haber tenido la suerte de que “los lectores a él lo amaban más que a sus críticos… no nada más porque adoraban sus libros sino porque lo sentían uno de ellos”.
En todo caso, hay una polémica servida que puede también ser útil para actualizar, tras la apertura económica y la alternancia electoral, el examen de la relación de los intelectuales mexicanos con el poder empresarial y político.
Otto Granados
Desde la red (19.Oct.09)

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