lunes, 9 de noviembre de 2009

El fuego cruzado entre Gerald Martin y Enrique Krauze

Imposible que no ocurriera. Gabriel García Márquez despierta pasiones: tiene fans incondicionales y detractores acérrimos. Así, era natural que la biografía de Gerald Martin generara polémica. La controversia se encendió en México. El historiador Enrique Krauze, director de la revista Letras Libres, publicó un ensayo sobre la relación de García Márquez y Fidel Castro, donde cuestiona el trabajo de Martin.
Gabriel García Márquez, a la sombra del patriarca es el título del artículo. Discípulo de Octavio Paz, Krauze acusa al biógrafo de ofrecer un retrato complaciente. Dice que en el libro casi no hay cartas y que sus entrevistados son "proclives en su mayoría al escritor. El efecto de esos testimonios puede ser literariamente eficaz, pero biográficamente dudoso", anota. "¿Escribió La hojarasca, su primera novela sobre Macondo, inspirado por aquel viaje con su madre a Aracataca?", se pregunta. Y ese viaje, "¿ocurrió realmente en 1950 y fue tan crucial para su obra como sugieren las memorias?".
Según Krauze, Martin ignora las críticas a la obra, así como descarta también "a los futuros críticos de su castrismo (Guillermo Cabrera Infante y Mario Vargas Llosa), atribuyéndoles un sesgo ideológico, motivos de amargura y una oscura envidia hacia el autor de la novela que, según Martin, 'es el eje de la literatura latinoamericana del siglo XX, la única novela canónica e histórica a escala mundial del continente'. El biógrafo convertido en secretario de actas del Juicio Final". Y más: Krauze afirma que "Martin pierde la distancia" y "no se separa del libreto oficial de García Márquez", al que acusa de complicidad "con la opresión y la dictadura" castrista.
Con el título La comedia intelectual de Enrique Krauze, Martin contestó a través de la misma revista. "Me desconcierta y me sigue desconcertando que, año tras año, un historiador de la talla de Enrique Krauze siga publicando exactamente las mismas cosas, desde exactamente los mismos puntos de vista, citando exactamente las mismas 'autoridades', pase lo que pase en el mundo externo (...). A Krauze uno lo lee para ver una versión exquisita y autoritativa del veredicto de los conservadores mexicanos sobre lo que pasa en el mundo -pero no para descubrir ideas o análisis nuevos". Krauze, agrega, "no es, cuando escribe en Letras Libres, un historiador, ni mucho menos un crítico: es un ideólogo".
Para Martin, Krauze está obsesionado con Castro. Utiliza su biografía, dice, para atacar a García Márquez y, a su vez, al líder cubano. "Una de las estrategias favoritas de Krauze es utilizar datos sacados de los libros que está reseñando como si fueran percepciones suyas sin revelar que esos son, precisamente, los datos que matizan los textos de aquellos adversarios". En este caso, "más de la mitad de lo que Krauze utiliza en mi contra son datos que yo utilizo 'en contra' de García Márquez". El biógrafo responde a las dudas del ensayista ("Sí, ese viaje ocurrió en 1950"), lo corrige ("García Márquez nunca ha enviado a sus hijos a colegios americanos") y le enrostra sus omisiones: entre ellas, que "García Márquez no es muy amigo de Chávez con todo y ser Chávez el mejor amigo de Fidel Castro". Dato que Krauze no menciona. "¿Por qué? Pues obviamente matizaría un poquito una historia que se quiere unívoca".
Latercera.com (6.Nov.09)

Letras y poder

Más allá de galardones y publicaciones, numerosos escritores se han involucrado con la política de su tiempo.
Con la reciente biografía publicada por Gerald Martin sobre el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, resurge de nueva cuenta el tema de la relación entre los escritores y el poder. El texto de más de 700 páginas del autor británico muestra la cercanía que tiene el colombiano con Fidel Castro, líder de la Revolución cubana, una relación polémica —que incluye banquetes, estancias en La Habana y numerosos privilegios— exhibida el mes pasado en revistas como Letras Libres, Nexos y Proceso.
Como respuesta al artículo que el mes pasado escribió Enrique Krauze en Letras Libres sobre la biografía condescendiente que Gerald Martin realizó sobre el escritor colombiano, el británico escribió una carta de respuesta dirigida a la revista mexicana. Bajo el título “La Comedia Intelectual de Enrique Krauze”, Martin señaló su desconcierto de que un “historiador de la talla de Enrique Krauze siga publicando exactamente las mismas cosas, desde exactamente los mismos puntos de vista, citando exactamente las mismas ‘autoridades’, pase lo que pase en el mundo externo (...). A Krauze uno lo lee para ver una versión exquisita y autoritativa del veredicto de los conservadores mexicanos sobre lo que pasa en el mundo -pero no para descubrir ideas o análisis nuevos”.El “tío Yeral” —como es conocido por los familiares de “Gabo”— señala en su texto, que puede leerse en el sitio http://www.letraslibres.com/index.php?art=14162, que Krauze está obsesionado con Castro: “Una de las estrategias favoritas de Krauze es utilizar datos sacados de los libros que está reseñando como si fueran percepciones suyas sin revelar que esos son, precisamente, los datos que matizan los textos de aquellos adversarios. Sólo leyendo mi libro (y lo que Krauze quiere es que nadie lea mi libro: su ensayo ha sido escrito para que nadie tenga la menor idea de lo que hay en mi libro y por eso él, su sombra, se interpone, como ha hecho tantas veces, entre sus lectores y el libro que está reseñando), sólo leyendo mi libro, repito, se darán cuenta los lectores cuidadosos del ensayo que se discute aquí que más de la mitad de lo que Krauze utiliza en mi contra son datos que yo utilizo ‘en contra’ de García Márquez. (En el mejor de los casos susurra que son datos que Martin ‘desliza’ o que ‘se le escapan’)”. Sin duda, sólo la biografía de Gabriel García Márquez ha podido generar semejante polémica, y Martin no ha dudado en afirmar que Krauze “critica a García Márquez por su ‘obsesión con el poder’ pero esto, nuevamente, es risible: lo que a él no le gusta es el tipo de poderosos que García Márquez busca (sin añadir el hecho, muy conocido pero no mencionado por Krauze, de que son los poderosos los que buscan a García Márquez, porque él también es un poderoso). ¡Seamos enteramente francos: quién no sabe que el mismo Krauze ha querido siempre estar cerca del poder! Miren su Curriculum Vitae. Miren sus intereses”.
Silvia Georgina Estrada
La Vanguardia (8.Nov.09)

martes, 3 de noviembre de 2009

Periodismo aguado

Para Krauze, la “reputación prístina de García Márquez en el mundo angloparlante no sobreviviría una traducción al inglés de su obra completa de periodismo”. García Márquez, dice Krauze en el ensayo “A la sombra del patriarca”, publicado en la revista Letras Libres y en The New Republic, faltó a la verdad en sus crónicas.

A pesar del tamaño de la afirmación sobre Gabo —el Nobel, el arquetipo del reportero de El Espectador, el fundador de la Fundación Nuevo Periodismo y de las revistas Alternativa y Cambio 16—, en Colombia ha tenido poco eco.
Krauze no sólo lo afirma, sino que lo muestra. Por ejemplo, en su crónica para Alternativa sobre Cuba en 1975, Gabo escribe que en la isla no existía “represión policial o discriminación de ninguna índole”. Esto a pesar de estar bien enterado de los campos de concentración para homosexuales, devotos religiosos y disidentes políticos. “Cuba de cabo a rabo”, el título de esta crónica, se adhiere, según Krauze, a un patrón en todo su periodismo político: “escuchar sólo la versión de los poderosos, contrarrestar (escamotear, atenuar, distorsionar, falsear, omitir) toda información que pudiera ‘hacer el juego al imperialismo’”. Desde la justificación de la ejecución de Imre Nagy, el líder de la insurrección en Hungría, publicado hace años en este diario, hasta la marginalización de la voz de los refugiados del régimen comunista de Vietnam en su crónica “Vietnam por dentro”.
Si el patrón del periodismo de Gabo fuera sólo de él, la crítica de Krauze podría ser archivada en los anaqueles de historia. Pero entonces aparece un artículo en la revista Cambio (primera ironía) sobre las críticas de Krauze y Paul Berman —del New York Times— a Gabo (segunda ironía) que hace pensar que el patrón está vivo.
Según Cambio, es “Imposible no ver detrás de ello [de las críticas] un discurso soterrado de corte neocon, corriente antiizquierdista de nuevos conservadores de Estados Unidos que... buscan imponer el modelo de democracia norteamericano a como dé lugar”. En esta muestra de periodismo activista la revista no se toma la molestia de considerar la naturaleza de las críticas antes de descalificar a los que las profieren. Y luego, en la descalificación, hace uso de generalizaciones falsas. Por ejemplo, sobre The New Republic, Cambio afirma que es un medio de “claro corte conservador”, sin tener en cuenta que la revista se precia de haber “inventado el uso moderno del término ‘liberal’”, según su editor Franklin Foer.
La crítica de Krauze, en cuanto habla del compromiso del periodismo con la verdad, es igualmente válida para las crónicas de Gabo y para las columnas de, digamos, José Obdulio Gaviria. Leerla como un ataque político es como cambiar la mirada del periodista por la vigilancia del propagandista.
Daniel Pacheco
El Espectador.com (2.Nov.09)

Debate Político-Literario en Ausencia Indígena


Hace tiempo que no leía una polémica de este nivel. Ni cuando, en un debate que se degradó tanto como el de Claudio Sánchez Albornoz contra Américo Castro, el primero lanzó a quienes llamaba, con su sexismo, “mis escuderas” a la caza y derribo de las que tildaba provocativamente como “las huestes castristas”, provocativamente porque ya existía el “otro” castrismo, en expresión también suya, ni siquiera entonces un debate llegó a mi juicio a niveles tan bajos. Ni el mismo mamotreto racista de Sánchez Albornoz “España, un Enigma Histórico”, publicado con financiación franquista durante un exilio en el que el autor era a la sazón Presidente del Gobierno de la República, se llega a ese nivel de bajeza moral e intelectual. No se me ocurre otra comparación que, con buena voluntad, pudiera dejar en mejor lugar el intercambio entre Enrique Krauze y Gerald Martin en la revista “Letras Libres” a propósito de la biografía de García Márquez publicada por el segundo. ¿Algo en común? El racismo criollo contra indígenas. Veamos.
En el debate entre Martin y Krauze, al uno, a Martin, creo que le pierde su devoción incluso contra evidencia; al otro, a Krauze, su displicencia tampoco muy respetuosa con méritos y deméritos acreditados. El resultado del encontronazo es previsible y comprobadamente el del peor maniqueísmo. Aprecio la habilidad literaria de Krauze para disimularlo con cierto estilo, pero él es quien marca el escenario de un desencuentro buscado. Y lo digo no sólo a afectos políticos, sino también literarios. ¿Se puede seriamente tomar como canon crítico, según hace Krauze, un par de puyazos envidiosos de Borges y de Vargas Llosa contra el éxito espectacular y apabullante, Premio Nobel incluido, de García Márquez? El primero, Borges, lanzó su puyazo al menos con sentido del humor, pues lo que dijo es que a los cien años les sobraban unos cuantos.

Y a efectos políticos, ¿cómo se pueden contraponer tan categóricamente como hace Krauze las posiciones del autor de los “Cien Años de Soledad” y del constructor de “Conversación en La Catedral”? Cito estos dos libros y no otros porque, caso raro en mi memoria personal, recuerdo bien cuándo, en qué circunstancias, entre qué compañía y con qué admiración los leí. Es difícil olvidar el “¿Cuándo se jodió el Perú?” de Zavalita, quiero decir de Vargas Llosa, quien luego demostraría con creces hasta qué punto carece de respuesta. En mi caso, aquellos eran tiempos de plena dictadura franquista, reduplicada además por hallarme en periodo de servicio militar obligatorio, y todo ello, leído en España y en dependencias militares a escondidas, alcanzaba una resonancia mucho más potente, si esto cabía. Sólo más tarde comprobé que es difícil superar la que tuvo y mantiene la pregunta de Zavalita en el propio Perú. Alan García, ahora apoyado por gentes como Vargas Llosa y el mismo Krauze, sabe algo, bastante, de por qué la pregunta hoy resuena más grave.

Pues bien, a efectos políticos, hay algo en común entre ambos escritores, entre García Márquez y Vargas Llosa, y esto es la inconsistencia e irresponsabilidad de los términos como se explican y justifican en tal terreno, el político. No es más responsable y consistente Vargas Llosa porque más se prodigue. A efectos de debate intelectual como el que se plantea entre Martin y Krauze, creo que ese rasgo en común resulta más significativo y alcanza un peso superior que la polarización aparatosamente extrema entre las posiciones políticas de referencia para el uno y para el otro, la castrista sin comillas de García Márquez y la neoliberal sin matices de Vargas Llosa. Y esto es algo que contamina el entero debate entre quienes se comportan realmente como escuderos, entre Krauze y Martin, Martin y Krauze.

Una última apostilla. En el afán de Krauze por descalificar a García Márquez no sólo en el terreno político, sino también, aun en inferior medida, en el literario, frente a la aseveración de Martin de que “Cien Años” es el retrato definitivo en el que América Latina puede reconocerse a sí misma, replica este crítico que mal puede serlo pues le falta, junto a “la religiosidad católica”, “la dimensión indígena”. Cierto es, pero ¿cómo y sin más explicaciones, con cuánta desfachatez, puede permitirse apuntar esto un enemigo jurado de los derechos de los pueblos indígenas como el propio Krauze?

Cabe añadir que Gerald Martin elude responder sobre el punto de la ausencia indígena y quizás con sus razones para la complicidad. Si hay otro rasgo en común, éste bien sustantivo, entre García Márquez y Vargas Llosa, más disimulado por el primero y más manifiesto por el segundo, es el del proverbial e incombustible, fuertemente arraigado y absolutamente insensible, racismo criollo. Mi admiración de joven se resiente desde luego por la constatación de adulto.
Nota: Gerald Martin, Gabriel García Márquez: A Life, se ha publicado primero en inglés (Bloomsbury y Borzoi, 2008, distribuido en América desde mediados de 2009) y acaba de aparecer en castellano (Gabriel García Márquez. Una Vida, trad. de Eugenia Vázquez, Vintage y Debate, 2009). Enrique Krauze se ha apresurado a publicar su crítica descalificatoria antes de la distribución de la versión en español. Lo ha hecho en la revista de su dirección “Letras Libres”, número del mes de octubre de 2009, en cuyo sitio web puede igualmente encontrarse el debate con Gerald Martin, también entre precipitaciones de las que éste se queja. Simultáneamente, la crítica de Krauze aparece vertida al inglés en “The New Republic”, número del 23 de octubre de 2009, edición en la que se jacta de dar a conocer al mundo anglosajón noticias sobre García Márquez que Martin, tras su trabajo para la biografía de cerca de veinte años, habría deliberadamente ocultado. Krauze se sirve de lo aprendido de Martin. Tal es la tónica. Tal, el nivel.


Bartolomé Clavero

Debate político-literario (31.Oct.09)

La realidad y la rabieta




El tonante arrebato de furia del Sr. Gerald Martin, autor de Gabriel García Márquez: Una vida, no es tanto contra un artículo titulado “Gabriel García Márquez, a la sombra del patriarca” que publicó Enrique Krauze en Letras Libres, como contra Enrique Krauze.


Más allá de las conjeturables virtudes y vicios de su libro, que temo desconocer, observo algunos ingredientes en la ira del Sr. Martin que me resultan intrigantes.

Enumero algunos: que la extensión de una crítica es expresiva de la pertinencia de la crítica.


O bien, que entre la aparición de un libro y la publicación de una crítica debe transcurrir algún tiempo mínimo. En caso de que la crítica venga de un crítico "conservador" (sic) y el libro sea progresista (o el antónimo que prefiera el Sr. Martin), este tiempo debe ser aún más prolongado.

O bien, al leer una crítica, el autor criticado debe ponderar la nacionalidad, la profesión, la genealogía intelectual y la inclinación política del crítico, pues sólo así el autor criticado pondera el “verdadero” sentido de la crítica y puede ya otorgarle, o no, pertinencia.

Que la crítica de Krauze haya sido la más extensa de las que han aparecido (casi todas positivas, señala el Sr. Martin) le incomoda, y que su libro “a ninguno le haya importado tanto como a Enrique Krauze” lo saca de sus casillas. Parecería que al Sr. Martin lo que le gusta son las críticas breves y positivas pero, sobre todo, parece importarle que a sus autores no les “importe tanto” el libro. ¿Será una broma?

La cantidad de “precioso tiempo” que un lector dedica a un libro es, creo, un asunto que sólo atañe al lector. Pero a lo que se colige, el Sr. Martin primero se irritó porque la crítica apareció demasiado pronto y después se enojó porque el crítico le dedicó “semanas” a su libro. ¿Será otra broma? Que un lector, o crítico, o historiador, o pensador, o estudioso conserve sus puntos de vista a través de los años le resulta “desconcertante” al Sr. Martin. Curioso. A este señor, apasionado de la medición del tiempo, le encanta repetir en estos días que promociona su libro que su factura le tomó diecisiete años. Ignoro si esa cifra sea un aliciente para leerlo, pero en todo caso habrá que suponer que lo que pensaba en el año tres de la redacción será criticado en el año siete, y que lo que sostiene el capítulo cuatro será negado en el ocho.

Aunque como el Sr. Martin también parece afecto a lanzar etiquetas, y la que le ha tocado a Krauze dice “conservador mexicano”, quizás habrá que suponer que los “conservadores” deben cambiar de opinión semestralmente, mietras que los progresistas (o el antónimo que el Sr. Martin elija) pueden conservar sus mismas opiniones durante –digamos— cincuenta años (sobre todo si son dictadores latinoamericanos).

Si esas son las categorías y etiquetas ideológicas que el rigor analítico del Sr. Martin puso en práctica durante los diecisiete años que le tomó redactar un libro que tiene como trasfondo a la América Latina, siempre queda la esperanza de que esté muy bien escrito.

Fidel Castro –dice el Sr. Martin- es una de las “grandes obsesiones” de Krauze. Al parecer, cualquier persona cuya susceptibilidad incluya renuencia a que una persona se convierta en propietaria de un país durante cincuenta años, presenta calidad de obsesionado. La obsesión con un dictador, al parecer, sólo puede durar un par de años y sólo adquiere mérito si se encuaderna y vende muchos ejemplares. Por lo pronto, el Sr. Martin diagnostica que mostrar “hostilidad muy particular” a un dictador como Fidel Castro es monopolio de “la derecha intelectual mexicana, dentro del contexto latinoamericano en general” (sic). ¿Es otra broma?

El previsible recurso al adjetivo “lacayo” (tan clasista y tan escasamente bolivariano) no tarda en supurar. Es un adjetivo que no está en Krauze, pero a través del tiempo lo adivina el Sr. Martin. “¿De quién es lacayo Krauze?” se pregunta. Al no encontrar respuesta, traslada la tarea de hallarla a toda una patria: “los mexicanos lo saben”. Se deberá entender que, al redactar, el Sr. Martin no tuvo un mexicano a la mano.

Al terminar su primera respuesta, titulada “La comedia intelectual de Enrique Krauze”, escribe el Sr. Martin:

"Krauze es, realmente, es (sic) un propagandista cuyo objetivo es evitar que el país progrese y que sus multitudes sean beneficiarios de sus propios esfuerzos."

Eso es "realmente" Krauze en la noción de "realidad" que ostenta el Sr. Martin. Un juicio curioso. Pinta realmente al Sr. Martin, pues viene de su pluma (que debe ser tan real como él): un intelectual latinoamericano que ose críticar las dictaduras populistas en América Latina, finge ser un crítico, pero en realidad es un propagandista cuyo objetivo es "impedir que su país progrese".

Este dogma de fe del sentimentalismo es cómico. Quizás aprovechando sus poderes oraculares podría el Sr. Martin preguntarle a la realidad (con la que tan buena relación parece tener) por qué sería así. Más allá de que la respuesta pueda ser que “los mexicanos lo saben”, ¿qué ganaría Krauze con que su país no progrese?

Sería interesante que este vocal de la realidad contestase, si bien temo que a estas alturas la realidad ya le habrá dicho (“preemptivamente”) que sólo finjo no saber. Pero como se infiere del párrafo citado, la realidad es tan generosa con él que para revelar sus más recónditos secretos al Sr. Martin le basta con hablar a su nombre.

Y luego acusa a Krauze de haberse pasado “más de treinta años cómodamente atrincherado (sic) en revistas conservadoras (sic) rodeado de amigos e incondicionales.” (Eso de que han sido años “cómodos” se lo habrá dicho la realidad.) Es claro que ignora el papel que las simpatías y los magisterios juegan en los procesos generacionales modernos, así como la importancia que las revistas que esas generaciones fundan tienen en la historia de las ideas.

En fin. Como dice el Sr. Martin, destilando hiel ante el nombre de la revista Letras Libres, “sinceramente es para reírse”. Una sinceridad que es imposible poner en tela de juicio.

(NOTA: Este comentario, escrito en la tarde del 29 de octubre de 2009, suma 5,197 caracteres y fue escrito en 23 minutos y 12 segundos, tiempo durante el cual quien lo firma no cambió de opinión.)


Guillermo Sheridan

El Minutario, Letras Libres (30.Oct.09)



Gerald Martin responde a las críticas del mexicano Krauze

Gerald Martin, biógrafo del escritor colombiano Gabriel García Márquez, en diálogo con La W reconoció el terror de fracasar con la publicación del libro titulado “Una Vida”.
Esta biografía tolerada, que tomó 20 años, contó con independencia total porque Gabriel García Márquez no le exigió nada, ni impuso condiciones ni pidió leerla antes de su publicación.
Martin también se refirió al artículo del mexicano Enrique Krauze, en el que hace fuertes críticas a la Biografía, e incluso asegura que Martin pierde la distancia, cae en el tono de reportaje social y omite críticas. Ante la crítica Gerald Martin respondió: “Cada loco con su tema, Enrique Krauze no leyó mi libro para ver qué le pasa a García Márquez en la vida, lee el libro para ver qué digo yo sobre Castro, y si yo no le dedico 20 páginas a demoler el mito de Fidel Castro, entonces el libro está mal”. Calificó de simpático la forma en que le da publicidad al libro antes de su llegada a México y aseguró que no lo toma en serio.
Reiteró que Enrique Krauze es un historiador peor cuando se trata de Fidel Castro y sus amigos, pasa a ser un ideólogo.
Adriana Álvarez Uribe
W Radio (Colombia, 27.oct.09)

El biógrafo de "Gabo" destaca los inicios en la poesía como sustento de su grandeza

Después de 20 años de entrevistas y un riguroso acercamiento al personaje, el británico Gerald Martin presentó ayer en Bogotá la biografía en español del nobel colombiano Gabriel García Márquez, y destacó que los coqueteos con la poesía en su juventud, reforzaron su grandeza como novelista.
"Si 'Gabo' es el novelista más grande de América Latina de este siglo es porque viene de un país de poetas y esa poesía está detrás de todo lo que escribe", reflexionó Martin, quien recuerda en el libro "Una vida" que el escritor compuso numerosos versos durante su época de formación.
El biógrafo comentó que el nobel "es tan perfeccionista que durante años negó haberlos escrito".
Por su lado, el poeta bogotano Gonzalo Mallarino, conocido como su "primer amigo" en la capital colombiana, recordó que esas composiciones servían para las conquistas de todos los compañeros.
Mallarino contó que durante las clases en el colegio de Zipaquirá, al norte de Bogotá, García Márquez escribía sonetos y "se ponía muy serio, como tomando apuntes".
El libro escrito por Martin ya fue presentado en Madrid y en México, donde reside el nobel colombiano. El británico recibió encendidas críticas por parte del historiador y escritor mexicano Enrique Krauze, quien tildó la obra de Martin de demasiado "admirativa".
"Nadie sabe lo que 'Gabo' me contó, lo que él quería que se contara y lo que no está contado", espetó Martin, quien agregó que después de la publicación del libro en inglés, el nobel le dijo que hubo cosas que no le gustaron e interpretaciones que le hirieron, pero que entiende que las escribió con cariño.
"Yo era consciente de que escribir una biografía desde una perspectiva puramente tradicional británica era un error y traté de utilizar la cercanía y el enorme privilegio que he tenido al estar con Gabo y desarrollar este cariño que me une a él", dijo.
Y es que, según dijo, la vida de García Márquez es "una suerte de aventuras, una novela picaresca, un cuento de hadas, es una historia tragicómica".
Agencia Efe (30.Oct.09)

Neoconservadores aprovechan la nueva biografía de García Márquez para arremeter contra el castrismo

Los aplausos a la biografía Gabriel García Márquez: Una vida, escrita por el británico Gerald Martin, se escuchaban a diestra y siniestra cuando repentinamente un historiador mexicano obligó a un silencio. A comienzos de este mes, Enrique Krauze -el mismo autor de la biografía sobre Hugo Chávez El poder y el delirio- arremetió con un ensayo titulado A la sombra del patriarca, publicado en las revistas Letras Libres, de México, y The New Republic, de Estados Unidos. Y fue Troya.

A partir de la biografía escrita por el británico -cuya presentación oficial se realiza esta semana en Colombia-, Krauze infiere que 'Gabo' ha sido cómplice del régimen totalitario de Fidel Castro. Para probarlo dice que creó una plataforma que buscaba darle voz al "déspota hábil, al patriarca 'bueno' ", y que su instrumento fue la palabra. En este sentido, asegura que el estilo del Nobel no es de realismo mágico sino de realismo socialista.


El historiador mexicano es feroz en su reseña del libro. Aprovecha cada frase de la obra para calificar a Martin de blando, falto de crítica y sesgado, no sin concederle uno que otro crédito sobre todo de la primera parte del libro. Pareciera que el único fin de Krauze en este ensayo es desplegar una batalla contra García Márquez y el régimen de Fidel Castro pero por medio del biógrafo, a quien califica de "secretario de actas del Juicio Final".

Lo hace con argumentos propios y ajenos que se dedican a señalar de qué manera García Márquez, desde la concepción misma de El otoño del patriarca (1975), legitima la figura del dictador. "Más allá del lenguaje, la trama no deja de registrar la subjetividad del tirano: sus nostalgias, sus miedos, sus sentimientos -escribe Krauze-. Pero la simplicidad de su mundo interior resulta moralmente ofensiva: rara vez se escuchan reflexiones sobre las responsabilidades y dilemas del poder, cavilaciones sobre el mal, la abyección o el cinismo, mucho menos el atisbo de un drama de conciencia (...). La nostalgia les asegura la impunidad".


También descalifica al Nobel colombiano desde las frases pronunciadas por escritores como Jorge Luis Borges u Octavio Paz. "Cien años de soledad está bien, pero le sobran veinte o treinta", dijo el primero. Y el segundo: "La prosa de García Márquez es esencialmente académica, es un compromiso entre el periodismo y la fantasía. Poesía aguada".

E incluso involucra las propias contradicciones del Nobel en relación con la privación de derechos en Cuba: cita sus declaraciones contundentes en contra de la pena de muerte y su advertencia posterior de que algunos medios de comunicación -entre ellos CNN- estaban tergiversando sus palabras para que parecieran contrarias a la Revolución cubana.

Con beneficio de inventario
¿Cómo entender esa andanada contra el escritor y su biógrafo? Para empezar, resulta diciente la manera como la biografía de 'Gabo' -originalmente escrita en inglés- fue registrada en dos influyentes medios estadounidenses. En The New Republic -de corte claramente conservador-, la crítica quedó en manos de Krauze, y en The New York Times, en manos del escritor y periodista Paul Berman, cuyo discurso se ha caracterizado por un paulatino viraje hacia la derecha.

En ambos casos, los autores señalan la relación entre García Márquez y Fidel Castro como algo comprometedor, y allí centran sus principales críticas a la biografía de Martin. Imposible no ver detrás de ello un discurso soterrado de corte neocon, corriente antiizquierdista de nuevos conservadores de Estados Unidos que, en especial después del 11-S, buscan imponer el modelo de democracia norteamericano a como dé lugar en cualquier lugar del mundo. De allí que Cuba y todo lo que la rodea se les haya convertido en un blanco perfecto para sus ataques.


Por ejemplo, al reflexionar sobre la ambigüedad que tiene la figura del dictador en la obra de García Márquez, Paul Berman concluye: "Después de leer la biografía de Martin, ahora ya lo sé (...). Aquí hay un tirano de carne y hueso. García Márquez le hace pensar a uno en Castro en algunas frases espectaculares de El otoño del patriarca. Y el novelista ama plenamente a su dictador".

Más allá de la política
Ante el sartal de críticas, Gerald Martin no ha guardado silencio. Tras el ataque de Krauze, el biógrafo publicó una defensa en el El Universal de México: "¿Que el libro es demasiado admirativo? Sí, admiro a Gabo, no puedo decir que no. Si otros no lo admiran que escriban la biografía demoledora (...). Y sobre la otra cuestión: si la gente está en contra de Castro no hay nada que yo pueda hacer. No es que no comparta críticas a Fidel Castro, pero la verdad es que en el libro hay muchos otros temas relacionados con García Márquez que también son interesantes".

Punto de vista que con mayor distancia y menos intereses comparte el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano, otro estudioso de la obra del Nobel colombiano.

Para él, si bien el capítulo político será siempre un tema delicado, algo que debe destacarse de Una vida son las pistas que da el biógrafo para entender cómo el joven García Márquez comenzó a construir su obra, sus influencias, los intelectuales que lo rodeaban, sus relaciones familiares. Da cuenta de cómo mientras en Barranquilla estaban más cerca de James Joyce, William Faulkner o Virginia Woolf, en Bogotá se seguía hablando de Caro y Cuervo.

"Es importante conocer la relación que tuvo con sus muchos hermanos y sus medio hermanos, cómo prácticamente conoció a su madre a los siete años mientras sus abuelos lo criaban, el odio que le tuvo a su padre, que no resultó ser un telegrafista sino un curandero que echaban de pueblo en pueblo por embustero -puntualiza Feliciano-. Eso me lo dio el libro de Martin, y solo por eso ya es genial".


Cambio (Cambio.com.co, 3.Nov.09)


Krauze, crítico del biógrafo de García Márquez

Entrevista de la radio colombiana a Enrique Krauze a propósito de la publicación de la biografía "tolerada" que escribió Gerald Martin sobre Gabriel García Márquez.

http://co.wradiofm.com/oir.aspx?id=900866

Las críticas no harán que Martin deje de admirar a García Márquez

El “tío Yéral” está en México con su nuevo libro bajo el brazo. Tras una faena que parecía inagotable pero que concluyó después de 17 años, Gerald Martin está listo para presentar Gabriel García Márquez: una vida (Debate), la traducción al español de la biografía monumental que preparó sobre “el escritor más célebre que ha dado ‘el tercer mundo’”, según su propias palabras.
Martin, un hispanista nacido en Londres en 1944, fue “tolerado” por el Premio Nobel de Literatura para meter las narices en su vida, sin embargo la proeza será irrepetible, pues algunos, de los más de 300 entrevistados por el biógrafo, han dejado de existir; entre ellos doña Luisa Santiaga Márquez Iguarán de García, madre del escritor.
Probablemente Gabo a sus 82 años, ya no aceptaría colaborar con un segundo biógrafo, tendría que invertir mucho tiempo para ganarse su confianza, la de sus parientes y amigos. Martin hizo todo eso y más. En la familia de Gabo ya lo conocen como el “tío Yéral”.
Gabriel García Márquez: una vida se edita en español acompañado de una estela de críticas, en su mayoría favorables. Martin considera una “bienvenida a México” la severa crítica sobre la biografía que publicó Enrique Krauze en el reciente número de la revista Letras Libres. “En América Latina comienzan apenas las críticas”, aseguró Gerald.
—Una de las críticas fuertes de Enrique Krauze es que basa la biografía en testimonios más que en documentos.
—No tuve acceso a todas las cartas ni a las agendas pero sí consulté las cartas más importantes en la vida de García Márquez, es decir, las cartas a su gran amigo Plinio Apuleyo Mendoza, que son fundamentales para reconstruir su vida. Además, aunque Enrique Krauze dice que no, la verdad es que también tuve acceso a la correspondencia que está en Princeton y en otras bibliotecas dirigida a Fuentes, a Vargas Llosa, etcétera.
Cuando García Márquez se dio cuenta de que la gente estaba empezando a vender su correspondencia, dejó de enviar cartas. Tampoco tuve las cartas de amor de García Márquez a Mercedes porque, según ellos, las quemaron. Naturalmente a la gente le encanta decir que no he tenido acceso a ciertas cosas.
—A partir de las críticas ¿qué cambiaría del libro?
—Hasta ahora, nada. He hecho algunos cambios en la primera edición por dos o tres errores, uno significativo que era la fecha del viaje de García Márquez a Buenos Aires. En un libro con tantos datos uno va a equivocarse, nadie es perfecto, sigo trabajando sobre todo eso para mi versión larga. Supongo que entonces estamos hablando de la orientación del libro, de su concepción, pero hasta ahora nada tampoco. Nadie me ha convencido, estoy contento con mi libro.
Las críticas en general son textos en los que el reseñista está diciendo “yo lo habría hecho de otra manera”. Si, por ejemplo, ahora los mexicanos dicen que el libro está muy mal están en su derecho, a la mejor tendrán razón, no digo que no, pero la mitad de las reseñas que se han escrito en Estados Unidos y Gran Bretaña son muy positivas.
—Las he leído y algunas comentan que usted ha sido muy complaciente, especialmente con la manera en que analiza la relación de Gabo con el poder y en particular con Fidel Castro.
—Hay dos críticas principales: la primera, que el libro es demasiado deferente, y tienen derecho a decirlo, pero puede ser que, si ellos lo escribieran, también tendrían la misma perspectiva más o menos admirativa. Creo que hay críticas a García Márquez en todas las páginas del libro. Muchos críticos han dicho que, siendo una biografía semioficial, es muy sorprendente la cantidad de cosas que se dicen que a la mejor no le van a gustar a García Márquez.
¿Qué el libro es demasiado admirativo? Sí, admiro a Gabo, no puedo decir que no. Si otros no lo admiran que escriban la biografía demoledora. Las habrá, sin duda, pero la mía es admirativa lo cual no quiere decir que no sea crítica, puede serlo también.
Sobre la otra cuestión: si la gente está en contra de Castro no hay nada que yo pueda hacer. No es que no comparta críticas a Fidel Castro, pero la verdad es que en el libro hay muchos otros temas relacionados con Márquez que también son interesantes y ellos sólo quieren discutir ese aspecto.
—¿Todos los errores que le han señalado quienes leyeron el libro en inglés los corrigió en la edición en español?
—Sí, casi todos. En la edición en inglés creo que tengo como cinco errores de fechas o de nombres, pero la edición en español es casi perfecta.
—Hace un año Gabo no había leído su obra, ¿ya conoce su opinión?
—Cuando vi a Gabo en Guadalajara por primera vez después de publicado el libro, me dijo que había ciertos errores. Pero siendo el hombre caritativo que es, me dijo que me habían informado mal, que había ciertas interpretaciones que no le gustaban y que muy pronto habría que sentarnos a discutir esas cuestiones, pero no llegamos a tener esa conversación. Pero sí, hay cosas que él piensa que no están muy bien, me imagino que son políticas o probablemente cosas que tienen que ver con su personalidad.
—Hace un año usted pensaba escribir un libro sobre cómo escribió la biografía, ¿el proyecto sigue en pie?
—Eso está en pie pero recién he empezado. Me va a divertir increíblemente. Gabo alguna vez me dijo “no quiero leer la biografía pero me encantaría leer ese otro libro”.
—¿El éxito de la biografía le ayudará a que alguna editorial apueste por la versión larga de 2 mil 500 páginas?
—Creo que esa otra versión nunca va a tener un gran futuro comercial. Ya me han hablado dos o tres personas para publicarlo y algunos me lo han prometido. Tengo unos papeles que nadie tiene ni tendrá jamás sobre Gabriel García Márquez, ediciones muertas, tuve acceso a bibliotecas y a conversaciones con Gabo, entonces creo que se lo debo en gran medida a las personas que me ayudaron, a los entusiastas de Gabo, a los estudiantes del futuro.
—Usted ya hizo un trabajo importante sobre la obra de Miguel Ángel Asturias y ahora sobre García Máquez, ¿qué otro escritor tiene en mente?
—No, no, no tengo ninguno. Me encantaría tener 40 o 50 años para poder trabajar sobre Roberto Bolaño porque, para mí, él es el escritor más importante de los últimos 40 años, después de García Márquez. Si yo trabajo sobre alguien que no sea Asturias o García Márquez ese hombre será Gerald Martin. Ya me toca a mí.
Julio Aguilar
El Universal (27.Oct.09)

Presenta Gerald Martin biografía "tolerada" de García Márquez

El inglés Gerald Martin, biógrafo "oficial" del escritor Gabriel García Márquez (así lo ha llamado el autor de Cien años de soledad), afirma que no hubo un "debate abierto" en torno a llevar la novela Memoria de mis putas tristes que Gabo públicó en 2004.Horas antes de presentar esta noche su libro Gabriel García Márquez: Una vida en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, Martin afirmó, en entrevista con Apro, que el tema de la pederastia "es muy complejo y que, en lugar de abrirse a un debate, lo que hicieron fue cerrarse".
La periodista Lydia Cacho y Teresa Ulloa, directora de la Coalición Regional Contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe, pararon el proyecto de llevar al cine Memoria de mis putas tristes, que dirigirían el danés Henning Carlsen y el mexicano Ricardo del Río, con financiamiento de FEMSA, Televisa y el gobierno de Puebla. La primera, en su columna de El Universal, cuestionó a García Márquez por no expresarse respecto de la intención del gobierno de Puebla de invertir en ese filme, porque sería "una apología fílmica de la trata de menores".En diciembre de 2005, Cacho, autora del libro Los demonios del Edén (donde señala al empresario Kamel Nacif como parte de una red de pederastia), fue encarcelada por policías judiciales en Puebla, debido a una demanda por difamación interpuesta por Nacif.
Después se difundieron una serie de grabaciones telefónicas en las que el gobernador de Puebla, Mario Marín, y el empresario, reían y celebraban su detención.La segunda, Ulloa, anunció que denunciaría penalmente al Nobel de Literatura colombiano, a los productores del largometraje, al gobierno de Puebla, a FEMSA y Televisa por lo delitos de "apología de la prostitución infantil y corrupción de menores de edad".En tanto, la reconocida productora y guionista, Beatriz Novaro, le envió al realizador Del Río un correo, donde le señaló que si acepta el dinero del gobierno de Puebla "estaría siendo financiado por la mafia más indignante que oculta la red de pedofilia de tráfico de niños".
Martin dijo que expresar que el filme sería una apología de la trata de menores "es un tema muy complicado":"Si la película no hubiera estado financiada por Puebla, probablemente no hubiera pasado nada. Me sorprende mucho que no hubiera habido problemas cuando el libro salió a la venta. La pederastia es una cosa muy complicada que no se puede simplificar, pero el tema del libro es polémico, incluso escabroso. Estoy de acuerdo que las películas no son tan complejas como la literatura, pero los que iban a filmar la película era gente muy seria, no son sensacionalistas, ni personas de cine de explotación", dijo."Hubiera sido interesante saber qué querían hacer los cineastas y cómo sería el guión, pero al mismo tiempo comprendo lo que ha dicho la gente. Es una época en la que la pedofilia tiene una especie de auge porque en internet sabemos que circulan cada vez más. Quizá en dos horas de charla podría profundizar sobre este asunto, pero no en cinco minutos, no se puede.
"Después dijo que ese caso le ayudó a promocionar su libro Gabriel García Márquez: Una vida, porque le dedica cinco páginas a Memoria de mis putas tristes:"Hablo de ese tema, la pederastia, no es algo que eludí, al contrario", señalaSobre el artículo Gabriel García Márquez: A la sombra del patriarca que escribió Enrique Krauze en la revista Letras Libres, bromeó:"La gente no sabe que Enrique Krauze es mi mejor amigo. Entonces, lo hizo para promocionar mi libro; realmente no está en desacuerdo."Enseguida, manifestó sonriendo:"No, no… ignora lo que acabo de decir…".Ya serio, explicó que Krauze leyó su libro para ver si estaba en contra de Fidel Castro.
"Eso ha pasado también con los exiliados cubanos, y están en su derecho."Añadió:"Me tendió una especie de emboscada porque quiso que saliera su artículo al mismo tiempo que lanzo mi libro, y también tuvo la generosidad de enviar su artículo a Bogotá, para que me esperara la polémica allá. La biografía la presentaré en Bogotá creo que este 30 de octubre."--¿Pero está de acuerdo con lo que escribe Krauze?--No estoy de acuerdo con Krauze y tampoco me sorprende que no esté de acuerdo conmigo, pero el debate es el debate. Tengo 180 reseñas en las que no están de acuerdo con Krauze y como tres o cuatro en las que sí están de acuerdo. Eso de alguna manera sitúa, ¿no?El inglés Martin, quien conversó cerca de 40 veces con el también autor de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera, trató de ser objetivo al escribir el volumen, según él."Aunque en realidad nunca hubo una entrevista formal, pero lo conocí muy bien, y me fue difícil guardar distancia y, al mismo tiempo, no caer en la exagerada crítica", añadió.El resultado fue una biografía "tolerada" que ya presentó en España.
-¿Por qué una biografía "tolerada"?--Es un juego en cierto sentido porque hay muchos tipos de autorización. Cuando yo le pronuncié a Gabo, hace casi 20 años, que quería realizar su biografía, al momento no me dijo nada. Sólo al final me dijo que estaba bien, 'pero no me hagas trabajar', no hubo un contrato firmado con derecho a tener acceso a todo, cartas, agendas, en fin… Cuando finalmente dijo que yo era su biógrafo oficial, fue una sorpresa. Creo que quiso decir que soy el único que se ha ocupado de hacer su biografía.
En la Sala Manuel M. Ponce, Martin estuvo acompañado por Héctor Aguilar Camín, José Agustín y Claudio López de la Madrid. El moderador fue el comentarista de TV Azteca Sergio Sarmiento.
La cita fue a las 19 horas y a esa hora el espacio ya no bastaba para los asistentes, por lo que se puso una pantalla en la sala de exposiciones del Palacio de Bellas Artes.
Al acto no asistió García Márquez, como era previsible, aunque la editorial lo boletinó así.
Columba Vertiz de la Fuente
Proceso.com.mx (26.Oct.09)
http://www.proceso.com.mx/noticias_articulo.php?articulo=73445

La moral en tipos con cólera



Cuando los problemas de la vida real dejen de ser estimulantes, recurra a remediar los de la ficción, y a ésta júzguela como si en ello le fuera la vida. Treinta y cuatro años después de la primera edición de El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, Enrique Krauze (Letras Libres, octubre de 2009), encontró algunas fallas éticas en el texto: “Más allá del lenguaje, la trama no deja de registrar la subjetividad del tirano: sus nostalgias, sus miedos, sus sentimientos. Pero la simplicidad de su mundo interior resulta moralmente ofensiva: rara vez se escuchan reflexiones sobre las responsabilidades y dilemas del poder, cavilaciones sobre el mal, la abyección o el cinismo, mucho menos el atisbo de un drama de conciencia”. “En el texto sólo hay espacio para la conciencia del dictador. Todo sucede en, para, desde la perspectiva del patriarca”. “[…] una novela en la que la palabra ‘tirano’ se suaviza dulcemente en ‘patriarca’ […]”. ¡Ah qué García Márquez y sus novelitas que resultan ofensivas a la moral de Krauze! ¿Cómo no se le ocurrió al colombiano inventar un tirano demócrata o un lenguaje que fuera capaz de evidenciar una dictadura reflexiva y culposa, ajena al plan de su libro? ¿Por qué no pudo darle voz a los sometidos para que las buenas conciencias no tengan conflictos espirituales? No le hace que fuera nomás voz literaria, el caso es que el déspota de su novela no anduviera, décadas después, arrastrando en el lodo lo políticamente correcto.

Si la justicia no es justa y las explicaciones lógicas para tratar de entender semejante pleonasmo ya se le agotaron, busque la raíz del problema en el manual perfecto para cometer crímenes que es la literatura. Rogelio Villarreal (Milenio Semanal, número 609), nos contó el domingo anterior: “En el breve y penoso capítulo ‘Succar leyó Lolita’ Lydia Cacho cita a la periodista colombiana Sonia Gómez, quien reprocha a su célebre paisano [García Márquez] ‘no haberse ocupado, a estas alturas de la vida, por contarnos historias que nos den luces para salir de esta noche negra de Colombia, donde los niños y especialmente las niñas, se han convertido en carne tierna para roedores humanos’”.


No tiene remedio, Gabriel García Márquez empedró el camino hacia el premio Nobel con las peores taras latinoamericanas y lavó los trapos sucios fuera de casa. Anatema. Es un alivio que Cacho y Krauze, tarde pero con enjundia, se hayan decidido a rescatar el arte de la moral única, al estilo de José Stalin, con el equivalente ético de aplicar un IVA de 2 por ciento para salvarnos de la miseria cívica que padecemos, ambos proponen desterrar a Gabo el impío a un gulag de mentiritas, donde se le negará el apoyo de la opinión pública que busca la trascendencia ontológica con airadas protestas contra la libertad de los escritores o contra cualquier cosa que le señalen las esforzadas y esforzados (como Krauze y Cacho) que velan por los más altos valores, aunque sea en la ficción.


Los insidiosos que nunca faltan ya buscan mensajes cifrados detrás de esta coincidencia temporal y argumental de Lydia Cacho y Enrique Krauze. La primera exige que el papá de Cien años de soledad reconozca que tiene responsabilidad moral con el destino de su obra, particularmente con la novela Memoria de mis putas tristes. El segundo, harto de jugar a la Ouija en busca de la guía perdida de Octavio Paz, sugiere que García Márquez expíe sus culpas morales mediante un “acto de justicia poética” (luego de leer tal frase, no queda más que tragar saliva y que la garganta suene con un rotundo gulp): que se deslinde de Fidel Castro.


Mientras García Márquez acata las propuestas de tan preclaras mentes (en este mismo instante debe estar transido, a punto de la fiebre), a los que no accedemos a la justicia, a secas, a quienes nadie nos hace caso cuando exigimos a los gobernantes responsabilidad, legal al menos, la oportunidad se nos presenta reluciente: Krauze encontró, otra vez, la alfombra mágica que va de la ficción a la realidad, que le demande a Paco Ignacio Taibo II que su novela Héroes convocados se vuelva la más estricta justicia poética en el mundo objetivo, donde la crisis, la guerra contra el narco, la pobreza de millones -y la de ciertos intelectuales- campean. Revisionismo político y moral en la literatura, por eso sindicatos como el de los electricistas pueden hacer del surrealismo arma social.


Augusto Chacón
Milenio on line (24.Oct.09)

Descifrando al mito literario


Martin, profesor emérito de lenguas modernas en la estadounidense Universidad de Pittsburgh y de estudios caribeños en la británica Universidad Metropolitana de Londres, entrevistó a más de 300 personas y persiguió durante sus recorridos al ganador del premio Nobel de Literatura en 1982.


De ese arduo trabajo surgió "Gabriel García Márquez. Una vida", la vida escrita "no oficial, pero tolerada", en las propias palabras del notable literato colombiano también llamado "Gabo" por sus amigos.


El libro comienza a circular en México en estos días bajo el sello editorial Debate. A lo largo de sus 748 páginas, el libro retrata la vida de García Márquez durante su niñez, la etapa de conversión en escritor, su tarea literaria, el momento culminante de su carrera al recibir el Nobel y sus días de figura intelectual y política. Pero la biografía no ahonda en aspectos como en sus achaques de salud agudizados en esta década, su estrecha relación con el ex presidente cubano Fidel Castro o en el distanciamiento con colegas como el peruano Mario Vargas Llosa o su coterráneo Plinio Apuleyo Mendoza, según sus críticos. "


Panegirista, consejero áulico, agente de prensa, representante plenipotenciario, jefe de relaciones públicas en el extranjero, todo eso ha sido García Márquez para Castro", escribió el historiador mexicano Enrique Krauze en un duro y extenso ensayo publicado en el número de octubre de la revista mensual Letras Libres.


El novelista conoció en 1976 a Castro, quien abandonó la presidencia de Cuba por razones de salud el 31 de julio de 2006 luego de 47 años de ocupar el gobierno. El vínculo entre ambos ha adquirido blindaje desde esa fecha. "El biógrafo parece inspirarse en el inclín por la hipérbole de su biografiado, pero no falta a la verdad si se consideran el tiempo y la pasión que García Márquez invertiría después en el cabildeo, la intermediación y el periodismo a favor de Cuba y el régimen castrista", escribió, a su vez, el historiador y ensayista mexicano Antonio Saborit, en otro largo ensayo aparecido en el volumen de octubre de la revista mensual Nexos.


Letras Libres y Nexos, ambas mexicanas, se ubican en las antípodas ideológicas entre sí. La primera es heredera de la mítica Vuelta, fundada en 1976 por el poeta y también premio Nobel de Literatura Octavio Paz (1914-1998) y un grupo de intelectuales, mientras que la segunda, nacida dos años después, ha permanecido cercana a la izquierda mexicana. García Márquez, nacido en la localidad colombiana de Aracataca el 6 de marzo de 1927, llegó por primera vez a México en 1961, tras de renunciar a la agencia de noticias cubana Prensa Latina. La capital mexicana se ha convertido en la residencia permanente del autor de "El coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada".


"La cuestión es saber por qué García Márquez se aferra luego a ese régimen: porque se hizo amigo de Fidel, por su epopeya que hay en su resistencia ante Estados Unidos", indicó Martin en una conversación simultánea el lunes con oyentes de la cadena de radio y televisión británica BBC. "Aunque no estoy exculpando ni a Castro ni al escritor colombiano: si tú piensas en los niños de América Latina, Asia o África, Gabo siempre ha dicho que Cuba al menos ha garantizado no la libertad de los niños, pero sí la formación", se justificó. En estas semanas, Martin, quien también es autor de dos estudios sobre obras del guatemalteco y Premio Nobel de Literatura 1967 Miguel Asturias (1899-1974), recorre España y varios países de América Latina para presentar su libro. García Márquez se ha negado a sumarse a campañas de respaldo hacia los derechos humanos en Cuba, como ocurrió en 1969 alrededor del poeta y disidente Heberto Padilla (1932-2000), a quien el gobierno de esa isla consideró un autor contrarrevolucionario. Autoras como las francesas Simone de Beauvoir (1908-1986) y Marguerite Duras (1914-1996), el español Juan Goytisolo, la estadounidense Susan Sontag (1933-2004) y en especial Vargas Llosa criticaron duramente al gobierno de Castro por el trato prodigado a Padilla, quien abandonó Cuba en 1980.


"Obviamente también fue complicado explicar su relación con Fidel Castro, el episodio de la pelea con Vargas Llosa, sobre lo cual no quise especular", añadió Martin en la BBC. García Márquez y Vargas Llosa, quien escribió un ensayo sobre la obra de su colega, se pelearon públicamente en la capital mexicana en 1976, en un suceso no del todo aclarado hasta ahora. El Nobel colombiano se distanció de su paisano Mendoza en la década pasada por cuestiones ideológicas. Krauze criticó el hecho de que Martin no analizó en profundidad la obra periodística de García Márquez, un personaje rodeado de cierto halo de tabú entre los intelectuales mexicanos y quien también ha cultivado amistad con gobernantes como el estadounidense Bill Clinton (1993-2001) y el español Felipe González (1982-1996), así como también la tuvo con el ya fallecido mandatario Francés Francois Miterrand (1916-1996). Reunida en tres volúmenes, esas piezas vierten luz sobre los intereses del escritor, a criterio de Krauze. Un episodio polémico se ha unido a la biografía de García Márquez, el tiene que ver con la filmación de su última novela, Memoria de mis putas tristes, publicada en 2004. Organizaciones no gubernamentales contrarias a la pedofilia han censurado la grabación por considerarla una apología de la prostitución infantil. En la novela, un hombre de 90 años quiere tener relaciones sexuales con una niña virgen de 14, como un último placer de despedida de sus días.


Su lectura "me deja esta sensación de fascinada complacencia con el maltrato a las mujeres, con las niñas prostituidas, el endiosamiento del patriarca. Es una presencia constante en toda la obra de García Márquez", declaró la periodista y activista Lydia Cacho a la revista Milenio Semanal. Cacho ha sufrido persecución, encarcelamiento y amenazas de muerte por denunciar el tráfico de niñas con propósitos sexuales y pornografía infantil. La filmación, a cargo del productor mexicano Ricardo del Río y el cineasta danés Henning Carlsen, está patrocinada por la empresa de bebidas FEMSA y la cadena televisa privada Televisa. El gobierno del sureño estado de Puebla, a cargo de Mario Marín, canceló este mes su respaldo financiero al proyecto. Es el mismo político que estuvo detrás de la persecución penal y encarcelamiento de Cacho en diciembre de 2005, para favorecer a su amigo, el empresario textil Kamel Nacif. En su libro "Los demonios del Edén", Cacho involucró a Nacif en una red de pederastas, cuya cabeza visible es el empresario encarcelado Jean Surcar. Teresa Ulloa, directora de la Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe, presentó una demanda penal contra "quienes resulten responsables por el delito de apología de la prostitución infantil y la corrupción de menores", a causa de la filmación de la película citada. Según Saborit, el novelista colombiano, cuyas memorias están contenidas en el volumen "Vivir para contarla" (2002), no sólo salió ileso a la obtención del Nobel, "sino en la mejor disposición para ahondar su interés en el poder y el amor, los temas centrales de su narrativa según Martin".


"La obra de García Márquez sobrevivirá a las extrañas fidelidades del hombre que la escribió. Pero sería un acto de justicia poética el que, en el otoño de su vida y el cenit de su gloria, se deslindara de Fidel Castro", concluyó su texto Krauze.

Gabo y los intelectuales


El feroz texto de Enrique Krauze contra las preferencias políticas de Gabriel García Márquez (“A la sombra del patriarca”, Letras Libres , octubre 2009) pretende desentrañar las motivaciones psicológicas del Nobel colombiano para sostener sus “extrañas fidelidades” con Fidel Castro, pero, en el fondo, parece una rara apelación: un escritor maravilloso, querido, admirado, premiado, leído, adinerado, imitado, estudiado y traducido no puede ni debe despedirse con una biografía monumental como la de Gerald Martin ( Gabriel García Márquez. Una vida , Debate, 2009) sin que alguien lo pase por una báscula en apariencia moral que permita enjuiciarlo no por su obra sino por –Krauze dixit -, sus “complicidades”. ¿Es esta una visión justa?

Más allá de la desmesura estética con que Letras Libres ilustra el texto de su director —una portada con García Márquez (GGM) transfigurado en pelele de Castro o la viñeta que lo sugiere ciego, sordo y mudo ante los excesos de la dictadura cubana—, el alegato de Krauze pone el acento en un terreno particularmente pantanoso que consiste en desviar la mirada del foco literario —la obra de GGM— hacia otro donde lo único que cuenta es la renuncia del intelectual, en tanto hombre público y político, a eso que suele llamarse “la verdad”.
Y aquí empiezan los dilemas.
¿Debe juzgarse a un escritor sólo por sus obras o por la decisión de, como Krauze pide, traicionar a sus amigos? Cruzar esa frontera puede ser, paradójicamente, el rasgo quizá más revelador de que se entra en el terreno del pragmatismo, en donde, dicen Denis Jeambar y Ives Roucaute, “la traición es la expresión política de la flexibilidad, la adaptabilidad”.
En otras palabras, se le pide a GGM que actúe no como lo que es —un escritor, un reportero— sino como un político que, para sobrevivir, sea capaz de administrar sus lealtades: Krauze lo crucifica porque, como intelectual, no tiene “grandeza de espíritu” pero le exige que, actuando como político, traicione, en el invierno de su vida, a sus viejas filias.
Pero, en segundo lugar, cabe preguntarse si hay en el texto de Krauze sólo el “dilema ético” de
que hace años hablaba Vargas Llosa a propósito de la política y los intelectuales o bien subyace un sedimento de desafecto personal de esos a los que, según Gerald Martin, GGM siempre le dio la vuelta por haber tenido la suerte de que “los lectores a él lo amaban más que a sus críticos… no nada más porque adoraban sus libros sino porque lo sentían uno de ellos”.
En todo caso, hay una polémica servida que puede también ser útil para actualizar, tras la apertura económica y la alternancia electoral, el examen de la relación de los intelectuales mexicanos con el poder empresarial y político.
Otto Granados
Desde la red (19.Oct.09)

Una izquierda a la sombra del nacionalismo revolucionario

En su revelador ensayo, “Gabriel García Márquez: A la sombra del patriarca” (Letras Libres, octubre del 2009), Enrique Krauze recuerda un evento esclarecedor: 1989, cuando un grupo de intelectuales (entre los que figuraban Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Juan Goytisolo, Camilo José Cela y Federico Fellini) demandó a Fidel Castro someterse a un plebiscito. La respuesta de la organicidad revolucionaria y tropicalizada, entre quienes Krauze sólo destaca a García Márquez, fue calificar la iniciativa como: “un capítulo más del ascenso de la derecha”.
El problema sigue estando, y en eso tiene gran culpa el corporativismo que domina la educación en este país (y que lo hacía prácticamente igual que hoy en tiempos en los que el hoy revolucionario Porfirio Muñoz Ledo era secretario de Educación Pública), en nuestra incapacidad para pensar. Por eso, a nuestro correo electrónico, tantos compañeros “de izquierda” nos hacen llegar planteamientos absurdos para alguien que se presuma como progresista, como calificar la tenencia vehicular como un impuesto que atenta “contra los más desprotegidos”. ¿No es lo suficientemente evidente que la tenencia es un gravamen que afecta más a quien más dinero tiene?
Jorge Álvarez Maynes
La Jornada de Aguascalientes (17.Oct.09)

Vivir importa más que escribir


Las últimas palabras que Gabriel García Márquez le dice a Gerald Martin, su biógrafo, en una entrevista cuando "desde el ventanal de un hotel al sur de la Ciudad de México el Gabo contemplaba el siglo XXI que pasaba ante sus ojos a velocidad vertiginosa, un mundo que ya no le pertenecía, murmura: todo esto se acaba". Esta imagen de un García Márquez "debilitado por el cáncer, deprimido y esquivo con la prensa, pese a los homenajes internacionales a su persona y a su obra" (Proceso, 1718), es una de las imágenes que en el final de la vida de su célebre biografiado nos entrega su biógrafo... Hoy quiero compartir con usted, estimada señora Deándar, lo más significativo de lo que se ha publicado sobre esta biografía. Veamos:


1. Gabriel García Márquez. Una vida (Debate, 2009) es el título de este extenso trabajo sobre el Nobel colombiano que empezará a circular en breve. A su autor, Gerald Martin, profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh, le llevó más de tres lustros escribirlo; fue editado originalmente en inglés y ahora en español. Proceso publica en el número que cito, extractos del capítulo titulado "La Revolución Cubana y Estados Unidos (1959-1961)", en el que se narran las vicisitudes del joven García Márquez cuando trabajaba, primero en La Habana y después en Nueva York para la agencia de noticias de Prensa Latina: "García Márquez queda inserto en el conflicto suscitado al triunfo de la Revolución Cubana entre la Unión Soviética y los Estados Unidos". Atañe a nosotros, neolaredenses, esta parte de la biografía, porque Martin cita lo que su biografiado escribió cuando en 1961 deja Nueva York y decide instalarse en la Ciudad de México: "Por fin, tras de largas semanas, inolvidables, no obstante que tuvieron que atiborrarse de hamburguesas hechas de cartón molido y de perros calientes de aserrín y de coca colas, llegaron (García Márquez, Mercedes y el pequeño Rodrigo) a la frontera en Laredo. Allí en la frontera más rica en contrastes del mundo, hallaron un pueblo sucio, sórdido; sin embargo sintieron que la vida de repente volvía a ser real. En el primer restaurante barato que encontraron degustaron una comida deliciosa. Mercedes decidió entonces que podía vivir en un país como México, donde había descubierto que conocían el secreto para cocinar el arroz, así como muchas otras cosas".

2. Nexos (382, octubre 2009) publica otro pasaje de esta monumental biografía, donde Gerald Martin relata los días de escritura de El coronel no tiene quien le escriba, en París, entre 1955 y 1956, "en medio de dos compañías abrumadoras: la escasez y el amor". Muchos años después cuando Gabo recuerda aquellos días, declararía: "yo sé lo que es esperar el correo (las cartas que le escribía desde Colombia, Mercedes, su novia) y pasar hambre y pedir limosna: así terminé en París El Coronel no tiene quien le escriba, que soy un poco yo mismo"... En el mismo número de Nexos, "Vivir para escribirla", es el título del artículo de Antonio Saborit, del que espigo, señora, este pasaje: "No obstante la inexperiencia de uno (Gerald Martin como biógrafo) y las reservas del otro (García Márquez), quien opuso resistencia al rastreo de sus tres vidas: la pública, la privada y la secreta, la obra de Martin es la feliz consumación de un estudio biográfico (...) Un estudio que restituye la alegoría continua que encierra esta misma vida, la cual se resume en estas palabras de Julio Cortázar: Vivir importa más que escribir, salvo que escribir sea -como tan pocas veces- un vivir".

3. Interesante resulta el extenso ensayo: "A la sombra del patriarca" de Enrique Krauze (Letras Libres, 130) sobre la biografía del famoso escritor: especialmente la parte en la que Krauze hace una revisión de la atracción de García Márquez por el poder y su amistad con Fidel Castro, "para descubrir las claves psicológicas y morales de la fascinación del escritor colombiano por el poder". Krauze apunta que una de las claves, seguramente de las más importantes, es la impronta que deja en Gabito, niño de 8 años, su abuelo materno; de allí el título del ensayo (A la sombra del patriarca), donde patriarca resulta un eufemismo que oculta al tirano o al poderoso; pues eso es lo que encierra en el imaginario del escritor colombiano, su abuelo, que se duplica en los protagonistas de algunas de sus novelas: El coronel no tiene quien le escriba (1961), Cien años de soledad (1967), El otoño del patriarca (1975); novelas en las que es el abuelo redivivo el que reencarna en los personajes protagónicos de la ficción. Aquí están probablemente también las claves de su realismo mágico. Krauze es riguroso con el escritor: "ante la tiranía de Castro, la posición de García Márquez es, ¿absoluto silencio o complicidad absoluta? ¿Por qué sigue respaldando públicamente a un régimen que comete tantas injusticias?.... Ante la prisión en 2003 de 78 disidentes, condenándolos a penas de entre doce y veintisiete años de cárcel, ¿no hubiera sido más valioso denunciar públicamente el injusto encarcelamiento de esos disidentes y así contribuir a acabar con el sistema de prisiones políticas cubano? Gabriel García Márquez no es un escritor en su torre de marfil: ha declarado estar orgulloso de su oficio de periodista. Ha dicho que el reportaje es un género literario que puede ser igual a un cuento o una novela, con la diferencia que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites, pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma". Krauze pregunta ¿cómo conciliar esta declaración de la moral periodística con su propio ocultamiento de la verdad en Cuba, a pesar de tener acceso privilegiado a información interna?

4. El final del ensayo de Krauze, es severo con el escritor: "Su obra sobrevivirá a las extrañas fidelidades del hombre que la escribió (...) Sería un acto de justicia poética el que, en el otoño de su vida y el cenit de su gloria, se deslindara de Fidel Castro y pusiera su prestigio al servicio de los 'boat people' cubanos. Aunque tal vez sea imposible. Esas cosas inverosímiles sólo pasan en las novelas de García Márquez".
Cartas a Ninfa Deándar (El Mañana, Laredo, 16.Oct.09)

Gabo por Enrique Krauze

A estas alturas, deben ser muy pocos los que no han leído la reseña que Enrique Krauze ha escrito sobre el libro de Gerald Martin, "Gabriel García Márquez, A life", la biografía semioficial del Premio Nobel de Literatura 1982. Una reseña que en realidad es un portentoso ensayo de 13 páginas sobre las relaciones del poder y la literatura (o más propiamente, de las relaciones de GGM con el poder, con Fidel Castro para ser más exactos)que trae el último número de Letras Libres.

Pocas veces he disfrutado en tan reducido número de páginas una inteligente argumentación a partir de una eficiente disposición de los recursos y datos con que cuenta el autor, que sumados a su extraordinaria prosa le confieren una excelencia digna de figurar entre lo mejor de la ensayística hispanoamericana.
De su lectura, se entienden mejor libros como "El otoño del patriarca" y el mismísimo "El general en su laberinto", pero sobre todo porque GGM se empeña tanto y arriesga más en la defensa de una revolución que hace mucho tiempo dejó de serla y de un comandante que hace tiempo se metamorfoseo en el personaje de la primera de ellas.
Solo cabe esperar la traducción del libro (que el propio Krauze anuncia), para sopesar en balanza lo que tan espléndida reseña anticipa de un libro cuyo autor decidió convertirse en "secretario de actas del Juicio Final" de la historia de la literatura, que es una manera muy elegante de referirse al excesivo entusiasmo del biógrafo por su biografiado.
El reportero de la historia (14.Oct.09)

Autorretrato de Gabo y Letras Libres




Es inevitable: frente al pelotón de fusilamiento de las revistas cabe imaginar lo que sucedería si éstas no existieran, en particular, tres de las más importantes de México. Tomemos como ejemplo la biografía “Gabriel García Márquez. Una vida” escrita por Gerald Martin, que pronto circulará en el país.


Si ese fuera el escenario, o sea si las revistas no existieran, en octubre no habríamos leído en Proceso estractos del capítulo “La Revolución Cubana y Estados Unidos (1959-1961)” ni en nexos el pasaje “Hambre en París: La bohême”. Pero sobre todo no habriamos estudiado la espléndida reseña que del libro hizo Enrique Krauze para Letras Libres. En los primeros dos casos, se trata de la promoción de un libro; sobra señalar la importancia de impulsar la lectura en un país con tan bajos índices al respecto. Pero en el tercer caso hay una revisión del mismo que ofrece al lector más elementos de juicio para valorar el trabajo del biógrafo.


Al tomar en consideración los estractos reproducidos en Proceso y nexos (que es el material del que hasta ahora dispone el consumidor de revistas) podemos confirmar la línea crítica de Krauze que escudriña en coordenadas que Martin desestimó o no observó durante su ardua tarea de 17 años. Y algo más, que el historiador mexicano no dice explícitamente aunque me parece central: el biógrafo aceptó los límites que a su trabajo le representó García Márquez y éstos van desde su admiración al escritor colombiano que le ímpide una muestra integral del personaje, hasta no cuestionar la verosimilitud de varios recuerdos de Gabo como ese donde afirma que, cierta vez durante su periplo de juventud en Francia, comió desperdicios de un bolsa de basura que él tiró a pedido de la anfitriona que lo invitó a una fiesta. ¿Tenemos derecho a dudar de ese pasaje? ¿No habría sido más fácil, y sobre todo menos humillante, pedir un plato para la cena y aún así mantener impecable la heroicidad del escritor que escribe contra viento, marea y hambre? En lo personal considero más probable el hilillo de sangre aquel que recorrió Macondo a la muerte de uno de los Buendía que la increíble y triste historia del hombre que comió basura.


Entiendo que hacer una biografía implica investigar, inquerir, averiguar y contrastar, entre otras labores que también son propias del periodismo, por eso éste es, como escribió García Márquez “una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”. En contraste, “el Tío Yeral”, como le llaman en la familia de Gabo, cree que la biografía es algo así como el retrato ordenado al artista por los jerarcas de la monarquía o de la iglesia católica para su promoción en los tiempos europeos de los siglos XVII y XVIII. Envuelto en esa estela de entrañable amistad y dada la admiración que su personaje le suscita al biógrafo resulta sencillo que, aún con cierto donaire de resignación, el escritor le dijera al biógrafo “Y de todos modos no te preocupes. Yo seré lo que tu digas que soy”, para que, en realidad, se trazara en el lienzo de su pintura una especie de autorretrato hecho por otro, una biografía “tolerada” en la que Martin lo sitúa al mismo nivel de Miguel de Cervantes Saavedra, lo cual es difícil de creer hasta para quienes admiramos tanto a Gabo.


Marco Levario Turcott

Etcétera (14.Oct.09)

Crítica y biografía




Hace algunos años el historiador colombiano Eduardo Posada Carbó, profesor de la Universidad de Oxford, escribió para la Revista de Occidente un inteligente artículo sobre el entramado de ficción y realidad que había en las memorias de Gabriel García Márquez, Vivir para contarla (2002). Demostraba entonces Posada Carbó las múltiples inexactitudes o exageraciones históricas sobre el mundo de las compañías bananeras en el Caribe colombiano, o sobre su propia trayectoria personal y familiar, que abundan en las novelas y en las memorias de García Márquez.


Como bien reconocía entonces el historiador colombiano, poco sentido tiene demandarle a García Márquez la precisión de un historiador. A lo que podría agregarse que poco sentido tiene, también, reclamarle apego a una verdad a la propia historiografía, ya que, como advirtiera Roland Barthes en su gran estudio sobre Jules Michelet, la historia, por su infinitud de datos, es inconcebible sin la pifia o el lapsus. La hipermnesia, o capacidad de recordarlo todo, que Borges atribuía a su personaje Funes, el “memorioso”, no son recomendables al historiador. El olvido e, incluso, el error, como decía Renan, son elementos constitutivos de la cultura.


En la biografía que Gerald Martin ha escrito sobre García Márquez es posible encontrar algunos “recuerdos falsos” de su principal fuente: el propio Gabo. Eso no sería cuestionable si admitimos que el universo de García Márquez es siempre la mezcla de realidad y ficción que distingue su ingenio de prosista. El problema comienza cuando la memoria y la literatura del autor de Cien años de soledad operan, ya no como una poética literaria, sino como “la” ideología latinoamericana. Lo que Enrique Krauze critica, en su ensayo “A la sombra del patriarca” (Letras Libres, Año XI, Núm. 130), no es la gran literatura de García Márquez sino su rol como intelectual público latinoamericano. Un rol que no puede ser asumido y, al mismo tiempo, encubierto tras la magia de una poética, ya que el drama de la historia, a diferencia del de la literatura, es real.


El caso de García Márquez presenta al biógrafo un dilema diferente al de Pablo Neruda, Alejo Carpentier y otros escritores comunistas del pasado. Como bien ha escrito recientemente Umberto Eco, a propósito de José Saramago, sólo desde viejos purismos macarthystas se puede condenar a un buen escritor del siglo XX por haber sido comunista. Curiosamente, muchos de quienes no le perdonan a Neruda o a Carpentier su comunismo son los que “comprenden” el fascismo de Pound o el nazismo de Jünger. Pero el caso de Gabo es diferente porque él no ha sido ni es comunista y sus posiciones políticas, dentro de la izquierda latinoamericana, se han caracterizado, más bien, por la heterodoxia.


Krauze es un excelente biógrafo y cuestiona la biografía de Martin en su propio terreno: lo que está en discusión no es la grandeza literaria de García Márquez sino su función como intelectual público. Si García Márquez ha sido y es un crítico de la hegemonía de Estados Unidos en América Latina y, a la vez, un defensor de la democracia –gobierno representativo, pluripartidismo, división de poderes, elecciones competitivas regulares, libertad de asociación y expresión, estado de derecho…- en todos los países de la región, por qué se cuida de no hacer nunca una crítica pública al socialismo cubano. Él mismo confiesa a Martin que comparte esas críticas, pero no las da a conocer por una mezcla de “amistad” con Fidel Castro e instinto de protección del símbolo cubano.En varios capítulos de su monumental biografía, Martin sostiene que las amistades políticas de García Márquez en América Latina no se han limitado al Panamá de Torrijos, la Nicaragua de los sandinistas o la Cuba de Fidel y Raúl. García Márquez ha tenido buenas relaciones con varios presidentes de Acción Democrática en Venezuela, el PRI en México y con líderes de izquierda y derecha de su natal Colombia. Esas amistades no le han impedido, sin embargo, hacer críticas públicas a las democracias de la región, en las dos últimas décadas, por su evidente incapacidad para construir políticas de Estado que reviertan la pobreza y la injusticia. Las democracias están acostumbradas a que las critiquen, mientras que las dictaduras confunden la crítica con la deslealtad. Como bien señala Krauze, la relación de García Márquez con un sistema político no democrático como el cubano –partido único, dos líderes perpetuos, economía de Estado, ideología marxista-leninista, control de la sociedad civil y los medios de comunicación- tiene que ver más con el afecto que con la ideología. La pregunta se desplaza, entonces, a si es propio de un intelectual moderno, como García Márquez, que los juicios sobre un país latinoamericano estén subordinados a la amistad con sus gobernantes. La mentalidad “patriarcal”, en la que tanto Krauze como Martin enmarcan la amistad entre Fidel y Gabo, parecería una herencia más del pasado autoritario de la región. Una herencia de caudillos otoñales que tiene poco que ver con la tradición de literatura crítica fundada por Cervantes.


Rafael Rojas

Libros del crepúsculo (13.oct.09)

García Márquez, dos vidas




Las revistas Letras Libres y Nexos abordan la figura del Nobel desde dos ópticas: su fascinación por el poder y la relación con Fidel Castro, frente a la estricta descripción de su biografía tolerada
Gabriel García Márquez ha vivido “a la sombra del patriarca”, afirma el historiador Enrique Krauze al evocar la relación del Nobel de Literatura con su abuelo Nicolás Márquez Mejía, quien tiene una presencia definitiva en su vida y obra.

En contraste, el escritor Antonio Saborit concibe a Gabo como un hombre independiente que “procuró seguir su propio camino y rara vez se detendría a considerar algo distinto a lo que le indicaba su olfato”.

Ambos investigadores hurgan en la figura del autor de Cien años de soledad a propósito de la “biografía tolerada” Gabriel García Márquez: una vida, del británico Gerald Martin, que mañana sale a la venta en español, y presentan dos visiones del novelista en sendos ensayos publicados esta semana en dos de las revistas culturales más importantes del país: Nexos y Letras Libres.

Sin restar mérito al talento literario del colombiano, Krauze reflexiona en el texto A la sombra del patriarca sobre la fascinación del narrador por el poder y su amistad con el presidente cubano Fidel Castro. De esta relación dice: “No hay en la historia de Hispanoamérica un vínculo entre las letras y el poder remotamente comparable en duración fidelidad, servicios mutuos y conveniencia personal al de Fidel y Gabo”.

Nexos, por su parte, publica un adelanto de la biografía de Martin, acompañado de una glosa descriptiva y acrítica de Saborit, en la que repasa los temas y periodos que interesaron al inglés para llegar a “la feliz consumación de un estudio biográfico sobre una persona de cierto valor”.

Para Ricardo Cayuela, jefe de redacción de Letras Libres, el que el polémico García Márquez (1928) haya acaparado las portadas de las revistas mencionadas en el mismo mes es una coincidencia.

“No se trata de que una revista responda a la otra. Nunca había sido tan clara la diferencia de espíritu entre las dos publicaciones.

Lo de Nexos es una forma de hacer cultura totalmente acrítica, al servicio de la editorial. “Nosotros, al contrario, ofrecemos un ensayo de interpretación muy profundo de la vida y la obra de García Márquez, valorando su talento literario, pero criticando esas oscuras relaciones que tiene con el poder en general, y con Castro en particular.

El papel de una revista no es sumarse a lo que los editores de libros ya decidieron, sino valorarlos críticamente, juzgarlos, separar la paja del trigo”, agrega. Este diario también buscó la opinión de Héctor Aguilar Camín y Héctor de Mauleón, director y subdirector de Nexos, respectivamente, pero hasta el cierre de esta edición no se obtuvo respuesta.

Enrique Krauze, también director de Letras Libres, critica en su ensayo la ideología del autor de El otoño del patriarca. Señala que es prematuro afirmar que Gabo será el “nuevo Cervantes”.


Excelsior (8.0ct.09)

Virginia Bautista y Luis Carlos Sánchez

Lamento que...


Lamento que Gerald Martin descienda a este nivel, revelador de la contradicción interna que señalo en su libro. Los hechos aportados por él mismo desmienten las leyendas hagiográficas, pero prefiere legitimarlas.
Enrique Krauze

Estimados lectores de Letras Libres

La revista me dijo que iba a publicar mi respuesta (o “respuesta”, como la caracteriza Enrique Krauze) en el próximo número. Tan urgente le pareció a Krauze “responder” a mi “respuesta”, sin embargo, que ahora lo encuentro en el sitio web, antes de mi próxima llegada a México. Interesará a los que piensan que soy “paranoico” saber que Krauze también colocó parte de su “reseña” en El Espectador de Bogotá, el periódico colombiano más estrechamente asociado con el trabajo periodístico de García Márquez: obviamente quería tenderme otra emboscada –perdón, darme otra bienvenida– antes de mi llegada a Colombia en una semana. Su reseña es la primera reseña publicada en todo el continente latinoamericano y su impaciencia está a la vista. Él me acusa de “histeria” pero el histérico, indudablemente, es el que responde tan rápidamente y tan incoherentemente a mis consideraciones. (No voy a volver sobre el tema psicológico de la proyección.) Para ponerlo en los términos más claros, Krauze está demasiado acostumbrado a la impunidad.
También me llama paranoico y antidemocrático. Pero no soy yo quien ha pasado más de treinta años cómodamente atrincherado en revistas conservadoras rodeado de amigos e incondicionales. Krauze no me conoce y su insulto no me define a mí sino a él y su manera de obrar. (En estas semanas la derecha estadounidense está tildando –histéricamente– al presidente Obama de comunista e hitleriano a la vez.) Tratar de entender y explicar la atracción del comunismo o del socialismo (o del pensamiento fascista o conservador) no es ser comunista ni antidemocrático: al contrario, semejantes explicaciones son fundamentales en cualquier democracia.
Repito que Krauze tergiversa lo que digo sobre el coronel Márquez, aunque también es verdad –repito– que digo muchas cosas críticas al respecto y fui el primero en hacerlo. Yo digo en mi libro que los hijos de García Márquez fueron a colegios británicos y que Krauze dijo que los envió a colegios americanos. Él se defiende diciendo que fueron “colegios anglosajones”. Ahí, ahí mismo, está pintado el método de Enrique Krauze. Y repito entonces que Krauze deja de ser historiador y académico cuando escribe en Letras Libres: y las primeras víctimas, siempre, no son los procastristas, los paranoicos, los histéricos y los antidemocráticos sino las reglas del juego comenzando con lo más sagrado de todo: los hechos y la verdad y el respeto al adversario.

Es verdad que algunas reseñas –una pequeña aunque importante minoría– han dicho que mi libro es demasiado “deferente” o “admirativo” con respecto a García Márquez. Y es verdad que una de esas reseñas fue publicada en The New York Times Book Review. Fue escrito por el conocido ideólogo neoliberal Paul Berman, uno de los pocos intelectuales de Estados Unidos que apoyó y sigue apoyando la invasión de Iraq y, en términos generales, la política de George W. Bush en Medio Oriente. Una de dos cosas: o Krauze quiere engañar nuevamente a sus lectores o piensa realmente que todo lo que se publica en una revista refleja –o debería– reflejar lo que piensan sus editores.
Lo que Krauze no menciona es que la gran mayoría dice que es un libro bien matizado con una perspectiva crítica constante y tónica. (Puede que se equivoquen todos, no lo niego.) No cita, por ejemplo, la reseña del New York Times, que subraya este punto. Ahora, después del lanzamiento en España la semana pasada, hay más de cien reseñas y la de Krauze está dentro de las tres críticas más negativas (además de haber sido publicada preemptivamente para predisponer la opinión crítica inmediatamente antes de su publicación en español).
¿”Deferente”? No: me pregunto si Gabriel García Márquez piensa que mi libro es deferente. ¿“Admirativo”? Sí: confieso que, a final de muchas cuentas y a pesar de un gran todo, admiro a García Márquez. Y ahora les ruego imaginarse, estimados lectores de Letras Libres, lo que habría sido una biografía de Octavio Paz escrita por Enrique Krauze…
Repito: Enrique Krauze es un historiador bien conocido y respetado pero su Doctor Hyde es un ideólogo conservador incapaz de hablar bien de un escritor como García Márquez que ha tenido una experiencia de la vida muy diferente de la suya. Yo no soy su blanco principal: me ataca a mí para hacerle daño a García Márquez (y a García Márquez para hacerle daño a Castro). Pero pienso que García Márquez sobrevivirá airosamente los ataques de Krauze; más interesante es saber si Krauze sobrevivirá sus ataques a grandes figuras como García Márquez y su defensa de figuras conservadoras pasajeras y a veces turbias. En cuanto a mí, sería muy imbécil el hombre que pasara 18 años de su vida investigando una persona para escribir su apología. Soy su biógrafo (uno de sus biógrafos); no soy su vocero ni su apologista.
Muchas veces, demasiadas veces, en política triunfa el que encubre o disimula; en el debate intelectual triunfa casi siempre, paulatinamente, la verdad. Yo escribo lo que pienso: Krauze escribe lo que le conviene.
Gerald Martin