martes, 3 de noviembre de 2009

Debate Político-Literario en Ausencia Indígena


Hace tiempo que no leía una polémica de este nivel. Ni cuando, en un debate que se degradó tanto como el de Claudio Sánchez Albornoz contra Américo Castro, el primero lanzó a quienes llamaba, con su sexismo, “mis escuderas” a la caza y derribo de las que tildaba provocativamente como “las huestes castristas”, provocativamente porque ya existía el “otro” castrismo, en expresión también suya, ni siquiera entonces un debate llegó a mi juicio a niveles tan bajos. Ni el mismo mamotreto racista de Sánchez Albornoz “España, un Enigma Histórico”, publicado con financiación franquista durante un exilio en el que el autor era a la sazón Presidente del Gobierno de la República, se llega a ese nivel de bajeza moral e intelectual. No se me ocurre otra comparación que, con buena voluntad, pudiera dejar en mejor lugar el intercambio entre Enrique Krauze y Gerald Martin en la revista “Letras Libres” a propósito de la biografía de García Márquez publicada por el segundo. ¿Algo en común? El racismo criollo contra indígenas. Veamos.
En el debate entre Martin y Krauze, al uno, a Martin, creo que le pierde su devoción incluso contra evidencia; al otro, a Krauze, su displicencia tampoco muy respetuosa con méritos y deméritos acreditados. El resultado del encontronazo es previsible y comprobadamente el del peor maniqueísmo. Aprecio la habilidad literaria de Krauze para disimularlo con cierto estilo, pero él es quien marca el escenario de un desencuentro buscado. Y lo digo no sólo a afectos políticos, sino también literarios. ¿Se puede seriamente tomar como canon crítico, según hace Krauze, un par de puyazos envidiosos de Borges y de Vargas Llosa contra el éxito espectacular y apabullante, Premio Nobel incluido, de García Márquez? El primero, Borges, lanzó su puyazo al menos con sentido del humor, pues lo que dijo es que a los cien años les sobraban unos cuantos.

Y a efectos políticos, ¿cómo se pueden contraponer tan categóricamente como hace Krauze las posiciones del autor de los “Cien Años de Soledad” y del constructor de “Conversación en La Catedral”? Cito estos dos libros y no otros porque, caso raro en mi memoria personal, recuerdo bien cuándo, en qué circunstancias, entre qué compañía y con qué admiración los leí. Es difícil olvidar el “¿Cuándo se jodió el Perú?” de Zavalita, quiero decir de Vargas Llosa, quien luego demostraría con creces hasta qué punto carece de respuesta. En mi caso, aquellos eran tiempos de plena dictadura franquista, reduplicada además por hallarme en periodo de servicio militar obligatorio, y todo ello, leído en España y en dependencias militares a escondidas, alcanzaba una resonancia mucho más potente, si esto cabía. Sólo más tarde comprobé que es difícil superar la que tuvo y mantiene la pregunta de Zavalita en el propio Perú. Alan García, ahora apoyado por gentes como Vargas Llosa y el mismo Krauze, sabe algo, bastante, de por qué la pregunta hoy resuena más grave.

Pues bien, a efectos políticos, hay algo en común entre ambos escritores, entre García Márquez y Vargas Llosa, y esto es la inconsistencia e irresponsabilidad de los términos como se explican y justifican en tal terreno, el político. No es más responsable y consistente Vargas Llosa porque más se prodigue. A efectos de debate intelectual como el que se plantea entre Martin y Krauze, creo que ese rasgo en común resulta más significativo y alcanza un peso superior que la polarización aparatosamente extrema entre las posiciones políticas de referencia para el uno y para el otro, la castrista sin comillas de García Márquez y la neoliberal sin matices de Vargas Llosa. Y esto es algo que contamina el entero debate entre quienes se comportan realmente como escuderos, entre Krauze y Martin, Martin y Krauze.

Una última apostilla. En el afán de Krauze por descalificar a García Márquez no sólo en el terreno político, sino también, aun en inferior medida, en el literario, frente a la aseveración de Martin de que “Cien Años” es el retrato definitivo en el que América Latina puede reconocerse a sí misma, replica este crítico que mal puede serlo pues le falta, junto a “la religiosidad católica”, “la dimensión indígena”. Cierto es, pero ¿cómo y sin más explicaciones, con cuánta desfachatez, puede permitirse apuntar esto un enemigo jurado de los derechos de los pueblos indígenas como el propio Krauze?

Cabe añadir que Gerald Martin elude responder sobre el punto de la ausencia indígena y quizás con sus razones para la complicidad. Si hay otro rasgo en común, éste bien sustantivo, entre García Márquez y Vargas Llosa, más disimulado por el primero y más manifiesto por el segundo, es el del proverbial e incombustible, fuertemente arraigado y absolutamente insensible, racismo criollo. Mi admiración de joven se resiente desde luego por la constatación de adulto.
Nota: Gerald Martin, Gabriel García Márquez: A Life, se ha publicado primero en inglés (Bloomsbury y Borzoi, 2008, distribuido en América desde mediados de 2009) y acaba de aparecer en castellano (Gabriel García Márquez. Una Vida, trad. de Eugenia Vázquez, Vintage y Debate, 2009). Enrique Krauze se ha apresurado a publicar su crítica descalificatoria antes de la distribución de la versión en español. Lo ha hecho en la revista de su dirección “Letras Libres”, número del mes de octubre de 2009, en cuyo sitio web puede igualmente encontrarse el debate con Gerald Martin, también entre precipitaciones de las que éste se queja. Simultáneamente, la crítica de Krauze aparece vertida al inglés en “The New Republic”, número del 23 de octubre de 2009, edición en la que se jacta de dar a conocer al mundo anglosajón noticias sobre García Márquez que Martin, tras su trabajo para la biografía de cerca de veinte años, habría deliberadamente ocultado. Krauze se sirve de lo aprendido de Martin. Tal es la tónica. Tal, el nivel.


Bartolomé Clavero

Debate político-literario (31.Oct.09)

La realidad y la rabieta




El tonante arrebato de furia del Sr. Gerald Martin, autor de Gabriel García Márquez: Una vida, no es tanto contra un artículo titulado “Gabriel García Márquez, a la sombra del patriarca” que publicó Enrique Krauze en Letras Libres, como contra Enrique Krauze.


Más allá de las conjeturables virtudes y vicios de su libro, que temo desconocer, observo algunos ingredientes en la ira del Sr. Martin que me resultan intrigantes.

Enumero algunos: que la extensión de una crítica es expresiva de la pertinencia de la crítica.


O bien, que entre la aparición de un libro y la publicación de una crítica debe transcurrir algún tiempo mínimo. En caso de que la crítica venga de un crítico "conservador" (sic) y el libro sea progresista (o el antónimo que prefiera el Sr. Martin), este tiempo debe ser aún más prolongado.

O bien, al leer una crítica, el autor criticado debe ponderar la nacionalidad, la profesión, la genealogía intelectual y la inclinación política del crítico, pues sólo así el autor criticado pondera el “verdadero” sentido de la crítica y puede ya otorgarle, o no, pertinencia.

Que la crítica de Krauze haya sido la más extensa de las que han aparecido (casi todas positivas, señala el Sr. Martin) le incomoda, y que su libro “a ninguno le haya importado tanto como a Enrique Krauze” lo saca de sus casillas. Parecería que al Sr. Martin lo que le gusta son las críticas breves y positivas pero, sobre todo, parece importarle que a sus autores no les “importe tanto” el libro. ¿Será una broma?

La cantidad de “precioso tiempo” que un lector dedica a un libro es, creo, un asunto que sólo atañe al lector. Pero a lo que se colige, el Sr. Martin primero se irritó porque la crítica apareció demasiado pronto y después se enojó porque el crítico le dedicó “semanas” a su libro. ¿Será otra broma? Que un lector, o crítico, o historiador, o pensador, o estudioso conserve sus puntos de vista a través de los años le resulta “desconcertante” al Sr. Martin. Curioso. A este señor, apasionado de la medición del tiempo, le encanta repetir en estos días que promociona su libro que su factura le tomó diecisiete años. Ignoro si esa cifra sea un aliciente para leerlo, pero en todo caso habrá que suponer que lo que pensaba en el año tres de la redacción será criticado en el año siete, y que lo que sostiene el capítulo cuatro será negado en el ocho.

Aunque como el Sr. Martin también parece afecto a lanzar etiquetas, y la que le ha tocado a Krauze dice “conservador mexicano”, quizás habrá que suponer que los “conservadores” deben cambiar de opinión semestralmente, mietras que los progresistas (o el antónimo que el Sr. Martin elija) pueden conservar sus mismas opiniones durante –digamos— cincuenta años (sobre todo si son dictadores latinoamericanos).

Si esas son las categorías y etiquetas ideológicas que el rigor analítico del Sr. Martin puso en práctica durante los diecisiete años que le tomó redactar un libro que tiene como trasfondo a la América Latina, siempre queda la esperanza de que esté muy bien escrito.

Fidel Castro –dice el Sr. Martin- es una de las “grandes obsesiones” de Krauze. Al parecer, cualquier persona cuya susceptibilidad incluya renuencia a que una persona se convierta en propietaria de un país durante cincuenta años, presenta calidad de obsesionado. La obsesión con un dictador, al parecer, sólo puede durar un par de años y sólo adquiere mérito si se encuaderna y vende muchos ejemplares. Por lo pronto, el Sr. Martin diagnostica que mostrar “hostilidad muy particular” a un dictador como Fidel Castro es monopolio de “la derecha intelectual mexicana, dentro del contexto latinoamericano en general” (sic). ¿Es otra broma?

El previsible recurso al adjetivo “lacayo” (tan clasista y tan escasamente bolivariano) no tarda en supurar. Es un adjetivo que no está en Krauze, pero a través del tiempo lo adivina el Sr. Martin. “¿De quién es lacayo Krauze?” se pregunta. Al no encontrar respuesta, traslada la tarea de hallarla a toda una patria: “los mexicanos lo saben”. Se deberá entender que, al redactar, el Sr. Martin no tuvo un mexicano a la mano.

Al terminar su primera respuesta, titulada “La comedia intelectual de Enrique Krauze”, escribe el Sr. Martin:

"Krauze es, realmente, es (sic) un propagandista cuyo objetivo es evitar que el país progrese y que sus multitudes sean beneficiarios de sus propios esfuerzos."

Eso es "realmente" Krauze en la noción de "realidad" que ostenta el Sr. Martin. Un juicio curioso. Pinta realmente al Sr. Martin, pues viene de su pluma (que debe ser tan real como él): un intelectual latinoamericano que ose críticar las dictaduras populistas en América Latina, finge ser un crítico, pero en realidad es un propagandista cuyo objetivo es "impedir que su país progrese".

Este dogma de fe del sentimentalismo es cómico. Quizás aprovechando sus poderes oraculares podría el Sr. Martin preguntarle a la realidad (con la que tan buena relación parece tener) por qué sería así. Más allá de que la respuesta pueda ser que “los mexicanos lo saben”, ¿qué ganaría Krauze con que su país no progrese?

Sería interesante que este vocal de la realidad contestase, si bien temo que a estas alturas la realidad ya le habrá dicho (“preemptivamente”) que sólo finjo no saber. Pero como se infiere del párrafo citado, la realidad es tan generosa con él que para revelar sus más recónditos secretos al Sr. Martin le basta con hablar a su nombre.

Y luego acusa a Krauze de haberse pasado “más de treinta años cómodamente atrincherado (sic) en revistas conservadoras (sic) rodeado de amigos e incondicionales.” (Eso de que han sido años “cómodos” se lo habrá dicho la realidad.) Es claro que ignora el papel que las simpatías y los magisterios juegan en los procesos generacionales modernos, así como la importancia que las revistas que esas generaciones fundan tienen en la historia de las ideas.

En fin. Como dice el Sr. Martin, destilando hiel ante el nombre de la revista Letras Libres, “sinceramente es para reírse”. Una sinceridad que es imposible poner en tela de juicio.

(NOTA: Este comentario, escrito en la tarde del 29 de octubre de 2009, suma 5,197 caracteres y fue escrito en 23 minutos y 12 segundos, tiempo durante el cual quien lo firma no cambió de opinión.)


Guillermo Sheridan

El Minutario, Letras Libres (30.Oct.09)



Gerald Martin responde a las críticas del mexicano Krauze

Gerald Martin, biógrafo del escritor colombiano Gabriel García Márquez, en diálogo con La W reconoció el terror de fracasar con la publicación del libro titulado “Una Vida”.
Esta biografía tolerada, que tomó 20 años, contó con independencia total porque Gabriel García Márquez no le exigió nada, ni impuso condiciones ni pidió leerla antes de su publicación.
Martin también se refirió al artículo del mexicano Enrique Krauze, en el que hace fuertes críticas a la Biografía, e incluso asegura que Martin pierde la distancia, cae en el tono de reportaje social y omite críticas. Ante la crítica Gerald Martin respondió: “Cada loco con su tema, Enrique Krauze no leyó mi libro para ver qué le pasa a García Márquez en la vida, lee el libro para ver qué digo yo sobre Castro, y si yo no le dedico 20 páginas a demoler el mito de Fidel Castro, entonces el libro está mal”. Calificó de simpático la forma en que le da publicidad al libro antes de su llegada a México y aseguró que no lo toma en serio.
Reiteró que Enrique Krauze es un historiador peor cuando se trata de Fidel Castro y sus amigos, pasa a ser un ideólogo.
Adriana Álvarez Uribe
W Radio (Colombia, 27.oct.09)

El biógrafo de "Gabo" destaca los inicios en la poesía como sustento de su grandeza

Después de 20 años de entrevistas y un riguroso acercamiento al personaje, el británico Gerald Martin presentó ayer en Bogotá la biografía en español del nobel colombiano Gabriel García Márquez, y destacó que los coqueteos con la poesía en su juventud, reforzaron su grandeza como novelista.
"Si 'Gabo' es el novelista más grande de América Latina de este siglo es porque viene de un país de poetas y esa poesía está detrás de todo lo que escribe", reflexionó Martin, quien recuerda en el libro "Una vida" que el escritor compuso numerosos versos durante su época de formación.
El biógrafo comentó que el nobel "es tan perfeccionista que durante años negó haberlos escrito".
Por su lado, el poeta bogotano Gonzalo Mallarino, conocido como su "primer amigo" en la capital colombiana, recordó que esas composiciones servían para las conquistas de todos los compañeros.
Mallarino contó que durante las clases en el colegio de Zipaquirá, al norte de Bogotá, García Márquez escribía sonetos y "se ponía muy serio, como tomando apuntes".
El libro escrito por Martin ya fue presentado en Madrid y en México, donde reside el nobel colombiano. El británico recibió encendidas críticas por parte del historiador y escritor mexicano Enrique Krauze, quien tildó la obra de Martin de demasiado "admirativa".
"Nadie sabe lo que 'Gabo' me contó, lo que él quería que se contara y lo que no está contado", espetó Martin, quien agregó que después de la publicación del libro en inglés, el nobel le dijo que hubo cosas que no le gustaron e interpretaciones que le hirieron, pero que entiende que las escribió con cariño.
"Yo era consciente de que escribir una biografía desde una perspectiva puramente tradicional británica era un error y traté de utilizar la cercanía y el enorme privilegio que he tenido al estar con Gabo y desarrollar este cariño que me une a él", dijo.
Y es que, según dijo, la vida de García Márquez es "una suerte de aventuras, una novela picaresca, un cuento de hadas, es una historia tragicómica".
Agencia Efe (30.Oct.09)

Neoconservadores aprovechan la nueva biografía de García Márquez para arremeter contra el castrismo

Los aplausos a la biografía Gabriel García Márquez: Una vida, escrita por el británico Gerald Martin, se escuchaban a diestra y siniestra cuando repentinamente un historiador mexicano obligó a un silencio. A comienzos de este mes, Enrique Krauze -el mismo autor de la biografía sobre Hugo Chávez El poder y el delirio- arremetió con un ensayo titulado A la sombra del patriarca, publicado en las revistas Letras Libres, de México, y The New Republic, de Estados Unidos. Y fue Troya.

A partir de la biografía escrita por el británico -cuya presentación oficial se realiza esta semana en Colombia-, Krauze infiere que 'Gabo' ha sido cómplice del régimen totalitario de Fidel Castro. Para probarlo dice que creó una plataforma que buscaba darle voz al "déspota hábil, al patriarca 'bueno' ", y que su instrumento fue la palabra. En este sentido, asegura que el estilo del Nobel no es de realismo mágico sino de realismo socialista.


El historiador mexicano es feroz en su reseña del libro. Aprovecha cada frase de la obra para calificar a Martin de blando, falto de crítica y sesgado, no sin concederle uno que otro crédito sobre todo de la primera parte del libro. Pareciera que el único fin de Krauze en este ensayo es desplegar una batalla contra García Márquez y el régimen de Fidel Castro pero por medio del biógrafo, a quien califica de "secretario de actas del Juicio Final".

Lo hace con argumentos propios y ajenos que se dedican a señalar de qué manera García Márquez, desde la concepción misma de El otoño del patriarca (1975), legitima la figura del dictador. "Más allá del lenguaje, la trama no deja de registrar la subjetividad del tirano: sus nostalgias, sus miedos, sus sentimientos -escribe Krauze-. Pero la simplicidad de su mundo interior resulta moralmente ofensiva: rara vez se escuchan reflexiones sobre las responsabilidades y dilemas del poder, cavilaciones sobre el mal, la abyección o el cinismo, mucho menos el atisbo de un drama de conciencia (...). La nostalgia les asegura la impunidad".


También descalifica al Nobel colombiano desde las frases pronunciadas por escritores como Jorge Luis Borges u Octavio Paz. "Cien años de soledad está bien, pero le sobran veinte o treinta", dijo el primero. Y el segundo: "La prosa de García Márquez es esencialmente académica, es un compromiso entre el periodismo y la fantasía. Poesía aguada".

E incluso involucra las propias contradicciones del Nobel en relación con la privación de derechos en Cuba: cita sus declaraciones contundentes en contra de la pena de muerte y su advertencia posterior de que algunos medios de comunicación -entre ellos CNN- estaban tergiversando sus palabras para que parecieran contrarias a la Revolución cubana.

Con beneficio de inventario
¿Cómo entender esa andanada contra el escritor y su biógrafo? Para empezar, resulta diciente la manera como la biografía de 'Gabo' -originalmente escrita en inglés- fue registrada en dos influyentes medios estadounidenses. En The New Republic -de corte claramente conservador-, la crítica quedó en manos de Krauze, y en The New York Times, en manos del escritor y periodista Paul Berman, cuyo discurso se ha caracterizado por un paulatino viraje hacia la derecha.

En ambos casos, los autores señalan la relación entre García Márquez y Fidel Castro como algo comprometedor, y allí centran sus principales críticas a la biografía de Martin. Imposible no ver detrás de ello un discurso soterrado de corte neocon, corriente antiizquierdista de nuevos conservadores de Estados Unidos que, en especial después del 11-S, buscan imponer el modelo de democracia norteamericano a como dé lugar en cualquier lugar del mundo. De allí que Cuba y todo lo que la rodea se les haya convertido en un blanco perfecto para sus ataques.


Por ejemplo, al reflexionar sobre la ambigüedad que tiene la figura del dictador en la obra de García Márquez, Paul Berman concluye: "Después de leer la biografía de Martin, ahora ya lo sé (...). Aquí hay un tirano de carne y hueso. García Márquez le hace pensar a uno en Castro en algunas frases espectaculares de El otoño del patriarca. Y el novelista ama plenamente a su dictador".

Más allá de la política
Ante el sartal de críticas, Gerald Martin no ha guardado silencio. Tras el ataque de Krauze, el biógrafo publicó una defensa en el El Universal de México: "¿Que el libro es demasiado admirativo? Sí, admiro a Gabo, no puedo decir que no. Si otros no lo admiran que escriban la biografía demoledora (...). Y sobre la otra cuestión: si la gente está en contra de Castro no hay nada que yo pueda hacer. No es que no comparta críticas a Fidel Castro, pero la verdad es que en el libro hay muchos otros temas relacionados con García Márquez que también son interesantes".

Punto de vista que con mayor distancia y menos intereses comparte el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano, otro estudioso de la obra del Nobel colombiano.

Para él, si bien el capítulo político será siempre un tema delicado, algo que debe destacarse de Una vida son las pistas que da el biógrafo para entender cómo el joven García Márquez comenzó a construir su obra, sus influencias, los intelectuales que lo rodeaban, sus relaciones familiares. Da cuenta de cómo mientras en Barranquilla estaban más cerca de James Joyce, William Faulkner o Virginia Woolf, en Bogotá se seguía hablando de Caro y Cuervo.

"Es importante conocer la relación que tuvo con sus muchos hermanos y sus medio hermanos, cómo prácticamente conoció a su madre a los siete años mientras sus abuelos lo criaban, el odio que le tuvo a su padre, que no resultó ser un telegrafista sino un curandero que echaban de pueblo en pueblo por embustero -puntualiza Feliciano-. Eso me lo dio el libro de Martin, y solo por eso ya es genial".


Cambio (Cambio.com.co, 3.Nov.09)


Krauze, crítico del biógrafo de García Márquez

Entrevista de la radio colombiana a Enrique Krauze a propósito de la publicación de la biografía "tolerada" que escribió Gerald Martin sobre Gabriel García Márquez.

http://co.wradiofm.com/oir.aspx?id=900866

Las críticas no harán que Martin deje de admirar a García Márquez

El “tío Yéral” está en México con su nuevo libro bajo el brazo. Tras una faena que parecía inagotable pero que concluyó después de 17 años, Gerald Martin está listo para presentar Gabriel García Márquez: una vida (Debate), la traducción al español de la biografía monumental que preparó sobre “el escritor más célebre que ha dado ‘el tercer mundo’”, según su propias palabras.
Martin, un hispanista nacido en Londres en 1944, fue “tolerado” por el Premio Nobel de Literatura para meter las narices en su vida, sin embargo la proeza será irrepetible, pues algunos, de los más de 300 entrevistados por el biógrafo, han dejado de existir; entre ellos doña Luisa Santiaga Márquez Iguarán de García, madre del escritor.
Probablemente Gabo a sus 82 años, ya no aceptaría colaborar con un segundo biógrafo, tendría que invertir mucho tiempo para ganarse su confianza, la de sus parientes y amigos. Martin hizo todo eso y más. En la familia de Gabo ya lo conocen como el “tío Yéral”.
Gabriel García Márquez: una vida se edita en español acompañado de una estela de críticas, en su mayoría favorables. Martin considera una “bienvenida a México” la severa crítica sobre la biografía que publicó Enrique Krauze en el reciente número de la revista Letras Libres. “En América Latina comienzan apenas las críticas”, aseguró Gerald.
—Una de las críticas fuertes de Enrique Krauze es que basa la biografía en testimonios más que en documentos.
—No tuve acceso a todas las cartas ni a las agendas pero sí consulté las cartas más importantes en la vida de García Márquez, es decir, las cartas a su gran amigo Plinio Apuleyo Mendoza, que son fundamentales para reconstruir su vida. Además, aunque Enrique Krauze dice que no, la verdad es que también tuve acceso a la correspondencia que está en Princeton y en otras bibliotecas dirigida a Fuentes, a Vargas Llosa, etcétera.
Cuando García Márquez se dio cuenta de que la gente estaba empezando a vender su correspondencia, dejó de enviar cartas. Tampoco tuve las cartas de amor de García Márquez a Mercedes porque, según ellos, las quemaron. Naturalmente a la gente le encanta decir que no he tenido acceso a ciertas cosas.
—A partir de las críticas ¿qué cambiaría del libro?
—Hasta ahora, nada. He hecho algunos cambios en la primera edición por dos o tres errores, uno significativo que era la fecha del viaje de García Márquez a Buenos Aires. En un libro con tantos datos uno va a equivocarse, nadie es perfecto, sigo trabajando sobre todo eso para mi versión larga. Supongo que entonces estamos hablando de la orientación del libro, de su concepción, pero hasta ahora nada tampoco. Nadie me ha convencido, estoy contento con mi libro.
Las críticas en general son textos en los que el reseñista está diciendo “yo lo habría hecho de otra manera”. Si, por ejemplo, ahora los mexicanos dicen que el libro está muy mal están en su derecho, a la mejor tendrán razón, no digo que no, pero la mitad de las reseñas que se han escrito en Estados Unidos y Gran Bretaña son muy positivas.
—Las he leído y algunas comentan que usted ha sido muy complaciente, especialmente con la manera en que analiza la relación de Gabo con el poder y en particular con Fidel Castro.
—Hay dos críticas principales: la primera, que el libro es demasiado deferente, y tienen derecho a decirlo, pero puede ser que, si ellos lo escribieran, también tendrían la misma perspectiva más o menos admirativa. Creo que hay críticas a García Márquez en todas las páginas del libro. Muchos críticos han dicho que, siendo una biografía semioficial, es muy sorprendente la cantidad de cosas que se dicen que a la mejor no le van a gustar a García Márquez.
¿Qué el libro es demasiado admirativo? Sí, admiro a Gabo, no puedo decir que no. Si otros no lo admiran que escriban la biografía demoledora. Las habrá, sin duda, pero la mía es admirativa lo cual no quiere decir que no sea crítica, puede serlo también.
Sobre la otra cuestión: si la gente está en contra de Castro no hay nada que yo pueda hacer. No es que no comparta críticas a Fidel Castro, pero la verdad es que en el libro hay muchos otros temas relacionados con Márquez que también son interesantes y ellos sólo quieren discutir ese aspecto.
—¿Todos los errores que le han señalado quienes leyeron el libro en inglés los corrigió en la edición en español?
—Sí, casi todos. En la edición en inglés creo que tengo como cinco errores de fechas o de nombres, pero la edición en español es casi perfecta.
—Hace un año Gabo no había leído su obra, ¿ya conoce su opinión?
—Cuando vi a Gabo en Guadalajara por primera vez después de publicado el libro, me dijo que había ciertos errores. Pero siendo el hombre caritativo que es, me dijo que me habían informado mal, que había ciertas interpretaciones que no le gustaban y que muy pronto habría que sentarnos a discutir esas cuestiones, pero no llegamos a tener esa conversación. Pero sí, hay cosas que él piensa que no están muy bien, me imagino que son políticas o probablemente cosas que tienen que ver con su personalidad.
—Hace un año usted pensaba escribir un libro sobre cómo escribió la biografía, ¿el proyecto sigue en pie?
—Eso está en pie pero recién he empezado. Me va a divertir increíblemente. Gabo alguna vez me dijo “no quiero leer la biografía pero me encantaría leer ese otro libro”.
—¿El éxito de la biografía le ayudará a que alguna editorial apueste por la versión larga de 2 mil 500 páginas?
—Creo que esa otra versión nunca va a tener un gran futuro comercial. Ya me han hablado dos o tres personas para publicarlo y algunos me lo han prometido. Tengo unos papeles que nadie tiene ni tendrá jamás sobre Gabriel García Márquez, ediciones muertas, tuve acceso a bibliotecas y a conversaciones con Gabo, entonces creo que se lo debo en gran medida a las personas que me ayudaron, a los entusiastas de Gabo, a los estudiantes del futuro.
—Usted ya hizo un trabajo importante sobre la obra de Miguel Ángel Asturias y ahora sobre García Máquez, ¿qué otro escritor tiene en mente?
—No, no, no tengo ninguno. Me encantaría tener 40 o 50 años para poder trabajar sobre Roberto Bolaño porque, para mí, él es el escritor más importante de los últimos 40 años, después de García Márquez. Si yo trabajo sobre alguien que no sea Asturias o García Márquez ese hombre será Gerald Martin. Ya me toca a mí.
Julio Aguilar
El Universal (27.Oct.09)