martes, 3 de noviembre de 2009

Autorretrato de Gabo y Letras Libres




Es inevitable: frente al pelotón de fusilamiento de las revistas cabe imaginar lo que sucedería si éstas no existieran, en particular, tres de las más importantes de México. Tomemos como ejemplo la biografía “Gabriel García Márquez. Una vida” escrita por Gerald Martin, que pronto circulará en el país.


Si ese fuera el escenario, o sea si las revistas no existieran, en octubre no habríamos leído en Proceso estractos del capítulo “La Revolución Cubana y Estados Unidos (1959-1961)” ni en nexos el pasaje “Hambre en París: La bohême”. Pero sobre todo no habriamos estudiado la espléndida reseña que del libro hizo Enrique Krauze para Letras Libres. En los primeros dos casos, se trata de la promoción de un libro; sobra señalar la importancia de impulsar la lectura en un país con tan bajos índices al respecto. Pero en el tercer caso hay una revisión del mismo que ofrece al lector más elementos de juicio para valorar el trabajo del biógrafo.


Al tomar en consideración los estractos reproducidos en Proceso y nexos (que es el material del que hasta ahora dispone el consumidor de revistas) podemos confirmar la línea crítica de Krauze que escudriña en coordenadas que Martin desestimó o no observó durante su ardua tarea de 17 años. Y algo más, que el historiador mexicano no dice explícitamente aunque me parece central: el biógrafo aceptó los límites que a su trabajo le representó García Márquez y éstos van desde su admiración al escritor colombiano que le ímpide una muestra integral del personaje, hasta no cuestionar la verosimilitud de varios recuerdos de Gabo como ese donde afirma que, cierta vez durante su periplo de juventud en Francia, comió desperdicios de un bolsa de basura que él tiró a pedido de la anfitriona que lo invitó a una fiesta. ¿Tenemos derecho a dudar de ese pasaje? ¿No habría sido más fácil, y sobre todo menos humillante, pedir un plato para la cena y aún así mantener impecable la heroicidad del escritor que escribe contra viento, marea y hambre? En lo personal considero más probable el hilillo de sangre aquel que recorrió Macondo a la muerte de uno de los Buendía que la increíble y triste historia del hombre que comió basura.


Entiendo que hacer una biografía implica investigar, inquerir, averiguar y contrastar, entre otras labores que también son propias del periodismo, por eso éste es, como escribió García Márquez “una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”. En contraste, “el Tío Yeral”, como le llaman en la familia de Gabo, cree que la biografía es algo así como el retrato ordenado al artista por los jerarcas de la monarquía o de la iglesia católica para su promoción en los tiempos europeos de los siglos XVII y XVIII. Envuelto en esa estela de entrañable amistad y dada la admiración que su personaje le suscita al biógrafo resulta sencillo que, aún con cierto donaire de resignación, el escritor le dijera al biógrafo “Y de todos modos no te preocupes. Yo seré lo que tu digas que soy”, para que, en realidad, se trazara en el lienzo de su pintura una especie de autorretrato hecho por otro, una biografía “tolerada” en la que Martin lo sitúa al mismo nivel de Miguel de Cervantes Saavedra, lo cual es difícil de creer hasta para quienes admiramos tanto a Gabo.


Marco Levario Turcott

Etcétera (14.Oct.09)

Crítica y biografía




Hace algunos años el historiador colombiano Eduardo Posada Carbó, profesor de la Universidad de Oxford, escribió para la Revista de Occidente un inteligente artículo sobre el entramado de ficción y realidad que había en las memorias de Gabriel García Márquez, Vivir para contarla (2002). Demostraba entonces Posada Carbó las múltiples inexactitudes o exageraciones históricas sobre el mundo de las compañías bananeras en el Caribe colombiano, o sobre su propia trayectoria personal y familiar, que abundan en las novelas y en las memorias de García Márquez.


Como bien reconocía entonces el historiador colombiano, poco sentido tiene demandarle a García Márquez la precisión de un historiador. A lo que podría agregarse que poco sentido tiene, también, reclamarle apego a una verdad a la propia historiografía, ya que, como advirtiera Roland Barthes en su gran estudio sobre Jules Michelet, la historia, por su infinitud de datos, es inconcebible sin la pifia o el lapsus. La hipermnesia, o capacidad de recordarlo todo, que Borges atribuía a su personaje Funes, el “memorioso”, no son recomendables al historiador. El olvido e, incluso, el error, como decía Renan, son elementos constitutivos de la cultura.


En la biografía que Gerald Martin ha escrito sobre García Márquez es posible encontrar algunos “recuerdos falsos” de su principal fuente: el propio Gabo. Eso no sería cuestionable si admitimos que el universo de García Márquez es siempre la mezcla de realidad y ficción que distingue su ingenio de prosista. El problema comienza cuando la memoria y la literatura del autor de Cien años de soledad operan, ya no como una poética literaria, sino como “la” ideología latinoamericana. Lo que Enrique Krauze critica, en su ensayo “A la sombra del patriarca” (Letras Libres, Año XI, Núm. 130), no es la gran literatura de García Márquez sino su rol como intelectual público latinoamericano. Un rol que no puede ser asumido y, al mismo tiempo, encubierto tras la magia de una poética, ya que el drama de la historia, a diferencia del de la literatura, es real.


El caso de García Márquez presenta al biógrafo un dilema diferente al de Pablo Neruda, Alejo Carpentier y otros escritores comunistas del pasado. Como bien ha escrito recientemente Umberto Eco, a propósito de José Saramago, sólo desde viejos purismos macarthystas se puede condenar a un buen escritor del siglo XX por haber sido comunista. Curiosamente, muchos de quienes no le perdonan a Neruda o a Carpentier su comunismo son los que “comprenden” el fascismo de Pound o el nazismo de Jünger. Pero el caso de Gabo es diferente porque él no ha sido ni es comunista y sus posiciones políticas, dentro de la izquierda latinoamericana, se han caracterizado, más bien, por la heterodoxia.


Krauze es un excelente biógrafo y cuestiona la biografía de Martin en su propio terreno: lo que está en discusión no es la grandeza literaria de García Márquez sino su función como intelectual público. Si García Márquez ha sido y es un crítico de la hegemonía de Estados Unidos en América Latina y, a la vez, un defensor de la democracia –gobierno representativo, pluripartidismo, división de poderes, elecciones competitivas regulares, libertad de asociación y expresión, estado de derecho…- en todos los países de la región, por qué se cuida de no hacer nunca una crítica pública al socialismo cubano. Él mismo confiesa a Martin que comparte esas críticas, pero no las da a conocer por una mezcla de “amistad” con Fidel Castro e instinto de protección del símbolo cubano.En varios capítulos de su monumental biografía, Martin sostiene que las amistades políticas de García Márquez en América Latina no se han limitado al Panamá de Torrijos, la Nicaragua de los sandinistas o la Cuba de Fidel y Raúl. García Márquez ha tenido buenas relaciones con varios presidentes de Acción Democrática en Venezuela, el PRI en México y con líderes de izquierda y derecha de su natal Colombia. Esas amistades no le han impedido, sin embargo, hacer críticas públicas a las democracias de la región, en las dos últimas décadas, por su evidente incapacidad para construir políticas de Estado que reviertan la pobreza y la injusticia. Las democracias están acostumbradas a que las critiquen, mientras que las dictaduras confunden la crítica con la deslealtad. Como bien señala Krauze, la relación de García Márquez con un sistema político no democrático como el cubano –partido único, dos líderes perpetuos, economía de Estado, ideología marxista-leninista, control de la sociedad civil y los medios de comunicación- tiene que ver más con el afecto que con la ideología. La pregunta se desplaza, entonces, a si es propio de un intelectual moderno, como García Márquez, que los juicios sobre un país latinoamericano estén subordinados a la amistad con sus gobernantes. La mentalidad “patriarcal”, en la que tanto Krauze como Martin enmarcan la amistad entre Fidel y Gabo, parecería una herencia más del pasado autoritario de la región. Una herencia de caudillos otoñales que tiene poco que ver con la tradición de literatura crítica fundada por Cervantes.


Rafael Rojas

Libros del crepúsculo (13.oct.09)

García Márquez, dos vidas




Las revistas Letras Libres y Nexos abordan la figura del Nobel desde dos ópticas: su fascinación por el poder y la relación con Fidel Castro, frente a la estricta descripción de su biografía tolerada
Gabriel García Márquez ha vivido “a la sombra del patriarca”, afirma el historiador Enrique Krauze al evocar la relación del Nobel de Literatura con su abuelo Nicolás Márquez Mejía, quien tiene una presencia definitiva en su vida y obra.

En contraste, el escritor Antonio Saborit concibe a Gabo como un hombre independiente que “procuró seguir su propio camino y rara vez se detendría a considerar algo distinto a lo que le indicaba su olfato”.

Ambos investigadores hurgan en la figura del autor de Cien años de soledad a propósito de la “biografía tolerada” Gabriel García Márquez: una vida, del británico Gerald Martin, que mañana sale a la venta en español, y presentan dos visiones del novelista en sendos ensayos publicados esta semana en dos de las revistas culturales más importantes del país: Nexos y Letras Libres.

Sin restar mérito al talento literario del colombiano, Krauze reflexiona en el texto A la sombra del patriarca sobre la fascinación del narrador por el poder y su amistad con el presidente cubano Fidel Castro. De esta relación dice: “No hay en la historia de Hispanoamérica un vínculo entre las letras y el poder remotamente comparable en duración fidelidad, servicios mutuos y conveniencia personal al de Fidel y Gabo”.

Nexos, por su parte, publica un adelanto de la biografía de Martin, acompañado de una glosa descriptiva y acrítica de Saborit, en la que repasa los temas y periodos que interesaron al inglés para llegar a “la feliz consumación de un estudio biográfico sobre una persona de cierto valor”.

Para Ricardo Cayuela, jefe de redacción de Letras Libres, el que el polémico García Márquez (1928) haya acaparado las portadas de las revistas mencionadas en el mismo mes es una coincidencia.

“No se trata de que una revista responda a la otra. Nunca había sido tan clara la diferencia de espíritu entre las dos publicaciones.

Lo de Nexos es una forma de hacer cultura totalmente acrítica, al servicio de la editorial. “Nosotros, al contrario, ofrecemos un ensayo de interpretación muy profundo de la vida y la obra de García Márquez, valorando su talento literario, pero criticando esas oscuras relaciones que tiene con el poder en general, y con Castro en particular.

El papel de una revista no es sumarse a lo que los editores de libros ya decidieron, sino valorarlos críticamente, juzgarlos, separar la paja del trigo”, agrega. Este diario también buscó la opinión de Héctor Aguilar Camín y Héctor de Mauleón, director y subdirector de Nexos, respectivamente, pero hasta el cierre de esta edición no se obtuvo respuesta.

Enrique Krauze, también director de Letras Libres, critica en su ensayo la ideología del autor de El otoño del patriarca. Señala que es prematuro afirmar que Gabo será el “nuevo Cervantes”.


Excelsior (8.0ct.09)

Virginia Bautista y Luis Carlos Sánchez

Lamento que...


Lamento que Gerald Martin descienda a este nivel, revelador de la contradicción interna que señalo en su libro. Los hechos aportados por él mismo desmienten las leyendas hagiográficas, pero prefiere legitimarlas.
Enrique Krauze

Estimados lectores de Letras Libres

La revista me dijo que iba a publicar mi respuesta (o “respuesta”, como la caracteriza Enrique Krauze) en el próximo número. Tan urgente le pareció a Krauze “responder” a mi “respuesta”, sin embargo, que ahora lo encuentro en el sitio web, antes de mi próxima llegada a México. Interesará a los que piensan que soy “paranoico” saber que Krauze también colocó parte de su “reseña” en El Espectador de Bogotá, el periódico colombiano más estrechamente asociado con el trabajo periodístico de García Márquez: obviamente quería tenderme otra emboscada –perdón, darme otra bienvenida– antes de mi llegada a Colombia en una semana. Su reseña es la primera reseña publicada en todo el continente latinoamericano y su impaciencia está a la vista. Él me acusa de “histeria” pero el histérico, indudablemente, es el que responde tan rápidamente y tan incoherentemente a mis consideraciones. (No voy a volver sobre el tema psicológico de la proyección.) Para ponerlo en los términos más claros, Krauze está demasiado acostumbrado a la impunidad.
También me llama paranoico y antidemocrático. Pero no soy yo quien ha pasado más de treinta años cómodamente atrincherado en revistas conservadoras rodeado de amigos e incondicionales. Krauze no me conoce y su insulto no me define a mí sino a él y su manera de obrar. (En estas semanas la derecha estadounidense está tildando –histéricamente– al presidente Obama de comunista e hitleriano a la vez.) Tratar de entender y explicar la atracción del comunismo o del socialismo (o del pensamiento fascista o conservador) no es ser comunista ni antidemocrático: al contrario, semejantes explicaciones son fundamentales en cualquier democracia.
Repito que Krauze tergiversa lo que digo sobre el coronel Márquez, aunque también es verdad –repito– que digo muchas cosas críticas al respecto y fui el primero en hacerlo. Yo digo en mi libro que los hijos de García Márquez fueron a colegios británicos y que Krauze dijo que los envió a colegios americanos. Él se defiende diciendo que fueron “colegios anglosajones”. Ahí, ahí mismo, está pintado el método de Enrique Krauze. Y repito entonces que Krauze deja de ser historiador y académico cuando escribe en Letras Libres: y las primeras víctimas, siempre, no son los procastristas, los paranoicos, los histéricos y los antidemocráticos sino las reglas del juego comenzando con lo más sagrado de todo: los hechos y la verdad y el respeto al adversario.

Es verdad que algunas reseñas –una pequeña aunque importante minoría– han dicho que mi libro es demasiado “deferente” o “admirativo” con respecto a García Márquez. Y es verdad que una de esas reseñas fue publicada en The New York Times Book Review. Fue escrito por el conocido ideólogo neoliberal Paul Berman, uno de los pocos intelectuales de Estados Unidos que apoyó y sigue apoyando la invasión de Iraq y, en términos generales, la política de George W. Bush en Medio Oriente. Una de dos cosas: o Krauze quiere engañar nuevamente a sus lectores o piensa realmente que todo lo que se publica en una revista refleja –o debería– reflejar lo que piensan sus editores.
Lo que Krauze no menciona es que la gran mayoría dice que es un libro bien matizado con una perspectiva crítica constante y tónica. (Puede que se equivoquen todos, no lo niego.) No cita, por ejemplo, la reseña del New York Times, que subraya este punto. Ahora, después del lanzamiento en España la semana pasada, hay más de cien reseñas y la de Krauze está dentro de las tres críticas más negativas (además de haber sido publicada preemptivamente para predisponer la opinión crítica inmediatamente antes de su publicación en español).
¿”Deferente”? No: me pregunto si Gabriel García Márquez piensa que mi libro es deferente. ¿“Admirativo”? Sí: confieso que, a final de muchas cuentas y a pesar de un gran todo, admiro a García Márquez. Y ahora les ruego imaginarse, estimados lectores de Letras Libres, lo que habría sido una biografía de Octavio Paz escrita por Enrique Krauze…
Repito: Enrique Krauze es un historiador bien conocido y respetado pero su Doctor Hyde es un ideólogo conservador incapaz de hablar bien de un escritor como García Márquez que ha tenido una experiencia de la vida muy diferente de la suya. Yo no soy su blanco principal: me ataca a mí para hacerle daño a García Márquez (y a García Márquez para hacerle daño a Castro). Pero pienso que García Márquez sobrevivirá airosamente los ataques de Krauze; más interesante es saber si Krauze sobrevivirá sus ataques a grandes figuras como García Márquez y su defensa de figuras conservadoras pasajeras y a veces turbias. En cuanto a mí, sería muy imbécil el hombre que pasara 18 años de su vida investigando una persona para escribir su apología. Soy su biógrafo (uno de sus biógrafos); no soy su vocero ni su apologista.
Muchas veces, demasiadas veces, en política triunfa el que encubre o disimula; en el debate intelectual triunfa casi siempre, paulatinamente, la verdad. Yo escribo lo que pienso: Krauze escribe lo que le conviene.
Gerald Martin

Las iras del tío Jéral

En las 2,762 palabras que componen la “respuesta” del profesor Gerald Martin hay irritadas, confusas y paranoicas descalificaciones, pero no un desmentido de los hechos que señalo porque constan en su libro:
Martin documenta la verdad falsificada por García Márquez cuando presenta como un acto de honor ofendido el homicidio cometido por su abuelo, el coronel Nicolás Márquez Mejía, irritado por las reclamaciones del joven hijo de su amante (pp. 17-20 y 555 de la edición en inglés).
Martin informa sobre la desgracia que fue para la familia del coronel que la United Fruit se retirara (pp. 52-54), sobre el empleo de García Márquez en dos agencias de publicidad norteamericanas (p. 276) y sobre los colegios anglosajones de sus hijos (p. 321).
Martin dice que escamoteo mencionar lo que escribe “en contra” de García Márquez, pero el entrecomillado lo delata: aunque alude a la servidumbre política de García Márquez, lo hace con un tono de piadosa complicidad, como si la hallara a un tiempo reprochable y enternecedora. Leyendo su respuesta, entiendo mejor por qué: al profesor la democracia le saca ronchas.
No soy el único que ha encontrado hagiográfica la que él mismo llama una “biografía tolerada”: allí están las reseñas adversas publicadas en esos perversos órganos del pensamiento “conservador” que son The New York Times Book Review y The New York Review of Books. Pero me interesaron especialmente las contradicciones internas del libro: los hechos documentados por él mismo y sumergidos bajo nubes de incienso.
El profesor sostiene que no estoy “dispuesto a pelear cara a cara”. La histeria que le provocó mi ensayo demuestra lo contrario.
– Enrique Krauze

La comedia intelectual de Enrique Krauze


Es un honor inesperado ser el recipiente de un ensayo de trece páginas y más de diez mil palabras redactado por el heredero directo de don Octavio Paz. (Y digo “recipiente” porque a pesar de su aparente objetividad académica el artículo de Enrique Krauze sobre mi biografía de García Márquez, titulado “A la sombra del patriarca”, fue también un mensaje muy personal a este servidor, como después veremos.) Primera pregunta: ¿Por qué este historiador conservador de México ha dedicado más páginas a mi libro sobre un novelista colombiano que cualquier otro comentarista en el mundo ancho y ajeno? Han salido más de sesenta reseñas, sindicadas muchas de ellas a decenas de otros periódicos, y casi todas positivas (puede que se hayan equivocado todos, naturalmente, no digo que no), pero a ninguno le ha importado tanto como le importa –aparentemente– a Enrique Krauze. Debe haber dedicado semanas enteras de su tiempo precioso a un libro que –aparentemente– no le ha impresionado.
Interesante.
Me habría gustado escribir una respuesta de trece o aun muchas más páginas –hay tanto que decir– pero mañana me embarco en un viaje de cinco semanas y la redacción me informa que tengo un plazo de tres días si quiero aparecer en el próximo número de Letras Libres y confieso que me es muy importante hacerlo. Aquí va, entonces, una respuesta de unas 2,500 palabras.
No es que piense que el ensayo de Krauze, dentro de todas las reseñas que han salido en casi todos los periódicos importantes del mundo occidental, es tan significativo, porque no lo es –o por lo menos, no es importante como reseña de mi libro. De hecho, no es una reseña (si fuera una reseña yo no estaría respondiendo). Lo que sí es, a diferencia de la mayoría de las otras reacciones (positivas o negativas), y en esto quiero insistir, es previsible: me desconcierta y me sigue desconcertando que, año tras año, un historiador de la talla de Enrique Krauze siga publicando exactamente las mismas cosas, desde exactamente los mismos puntos de vista, citando exactamente las mismas “autoridades”, pase lo que pase en el mundo externo. Krauze es una máquina de escribir y, especialmente, de traducir: entran pluralidades y pluralismos por una puerta y sale siempre lo mismo por la otra. A Krauze uno lo lee para ver una versión exquisita y autoritativa del veredicto de los conservadores mexicanos sobre lo que pasa en el mundo –pero no para descubrir ideas o análisis nuevos.
Pero bueno, la explicación es sencilla. Enrique Krauze, el bien conocido caudillo cultural, jefe de Letras Libres, no es, cuando escribe en Letras Libres, un historiador, ni mucho menos un crítico: es un ideólogo. Su misión es limitar y redefinir el cambio, negar la legitimidad de las izquierdas políticas y culturales y –bueno, todos somos seres humanos– aumentar y pulir su propia vanidad. Es, literal y literariamente, un biógrafo del poder.
En este caso, repito, Enrique Krauze no ha reseñado un libro sobre la vida y obra de Gabriel García Márquez: ha escrito un ensayo –exactamente como toda la clase intelectual mexicana habría podido prever– sobre la relación entre Gabriel García Márquez y Fidel Castro. Porque Castro es una de sus grandes obsesiones. (Es interesante, y a primera vista sorprendente, constatar la hostilidad muy particular y especialmente virulenta de la derecha intelectual mexicana, dentro del contexto latinoamericano en general, hacia Fidel Castro –semejante, de una manera intrincada y muy sutil, a la relativa indiferencia del establishment mexicano hacia la figura de Bolívar, a quien llegaremos, si bien indirectamente, a su debido tiempo.) Resumen, entonces, de este ensayo de Krauze: Gabriel García Márquez es lacayo de Fidel Castro (al igual que La Jornada, supongo, que todas las semanas publica las columnas de Castro); y yo –no lo dice pero es el tema de su artículo, es su estrategia para deslegitimarme– soy lacayo de García Márquez. ¿Y de quién o quiénes es lacayo Enrique Krauze? Los mexicanos lo saben.
Plural: ¿pluralismo? ¿Letras realmente libres? Sinceramente, es para reírse. (A ver si publican este ensayo.) ¿Vuelta y vuelta y vuelta, siempre a lo mismo?: eso sí. Utilizando el método consabido de los que no están convencidos de sus propios argumentos, pese al tono de suficiencia –y sí, “autoridad”– con que los propone, Krauze cita casi exclusivamente a sus correligionarios conservadores. Mi compatriota Malcolm Deas, primero en la cola, es un historiador excelente y muy distinguido, pero todos sabemos dónde está colocado políticamente. (Aunque con Deas, para hacerle justicia, nunca se sabe exactamente cómo va a reaccionar o qué va a decir, porque le gusta documentar sus ensayos con hechos muchas veces desconocidos para sí mismo antes de investigar un asunto: él los descubre. Krauze finge descubrir lo que ya sabe.) Y después de Deas vienen las otras citas inevitables, si bien monótonas en su absoluta previsibilidad, de sus colaboradores en el viejo y el nuevo testamento del profeta Octavio (Zaid, Rossi, Vargas Llosa) y de los superestrellas conservadores (esta vez no sale Berlin pero está Borges, ese conocido experto político y, nuevamente, Vargas Llosa), y no puede faltar, obviamente, el mismísimo don Octavio, para quien (Krauze lo cita y el mismo Paz me lo dijo personalmente) García Márquez y su amigo mexicano (bueno, no tan mexicano) Carlos Fuentes “no son escritores serios”. Pero citar siempre a las mismas autoridades es una forma de sectarismo y suele ser, además, una forma de corrupción intelectual. Como mínimo es una demostración lamentable de debilidad y aridez.
Persiguiendo su obsesión, Krauze me recomienda leer el libro Gabo y Fidel de Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli. No dice, quizás porque no lo sabe (o quizás porque no quiere saberlo, o porque no quiere que otros lo sepan), que ese libro no ofrece un solo detalle significativo que no haya salido en los periódicos. Ese libro es un refrito. No importa: él lo recomienda porque piensa que será políticamente eficaz hacerlo. (Porque de refritos ideológicos sabe mucho Enrique Krauze.)
Krauze también, de manera más siniestra, me dirige unos guiños personales. ¿Quién más va a comprender el significado oculto cuando él pregunta (es verdad que ha investigado diligentemente su tema pero no tanto), aparentemente al aire, “Y ese viaje [el que emprendió García Márquez con su madre para vender la casa familiar en Aracataca]..., ¿ocurrió realmente en 1950 y fue tan crucial para su obra como sugieren las memorias?”
Sí, Enrique Krauze, ese viaje ocurrió en 1950 y sí, siento decepcionarle, fue tan crucial para su obra como sugirieron sus memorias. (Podría prestarle cien páginas sobre el tema pero a usted no le interesarían mucho, me temo.) Me parece curioso que usted, en este caso, no cite la fuente de esta curiosa pregunta. Como acabo de reconocer, usted investigó diligentemente su ensayo pero no tan diligentemente como para desafiarme en cuanto a detalles, a primera vista, esotéricos. Usted sacó este detalle del libro de Dasso Saldívar, Viaje a la semilla, y sin informarles al resto de sus lectores (no hay nota a pie de página en un ensayo que sin embargo tiene otras notas), me está enviando un mensaje secreto e incluso una especie de advertencia implícita, casi diría una amenaza. “Yo sé”, me está diciendo (es su tema), “y yo podría exponerlo si me diera la gana” (es su método). Pero en este caso (y en muchos otros) usted no sabe.
Volvamos a la tercera persona. Enrique Krauze no sabe mucho de literatura tampoco. (Aclaramos: no sabe porque no quiere saber. Ha dicho cosas muy brillantes sobre, por ejemplo, Joyce: pero sólo para ganar una batalla. Krauze es, innegablemente, de una inteligencia temible –repito, temible; mis lectores mexicanos saben de qué hablo–, pero toda ella subordinada a sus fines ideológicos: es un pensador, en este sentido, positivista.) No comprende –es decir, no ha querido asimilar– los cambios que el modernismo, en la acepción angloamericana del término, significó en la primera mitad del siglo xx y sigue significando en la actualidad. Pluralismo, entre otras cosas. Como otros conservadores, él odia los años veinte del siglo pasado como también odia los años sesenta. (Su punto de referencia novelístico favorito es plenamente decimonónico: ¡Balzac!) Modernismo, posmodernismo, qué va: su visión de la contemporaneidad –de toda contemporaneidad– se organiza desde el Porfiriato, con sus intelectuales sobrios y decorosos, amigos o beneficiarios del poder, esa época mexicana que coincidió con la Gilded Age de Estados Unidos, a la cual volvimos (y repetida no como farsa sino como doble tragedia ) hace veinte años a partir de la caída del famoso muro cuando, piénsese lo que se piense del comunismo o del socialismo (por hoy no es mi tema), el neoliberalismo pudo seguir su camino histórico sin rival político o ideológico, con los resultados –previsibles– que vemos globalmente y, muy específicamente, en México: los resultados, seamos sinceros, que son el fruto del sistema político, económico y social apoyado y deseado por Enrique Krauze.
Sigamos. Una de las estrategias favoritas de Krauze es utilizar datos sacados de los libros que está reseñando como si fueran percepciones suyas sin revelar que esos son, precisamente, los datos que matizan los textos de aquellos adversarios. Sólo leyendo mi libro (y lo que Krauze quiere es que nadie lea mi libro: su ensayo ha sido escrito para que nadie tenga la menor idea de lo que hay en mi libro y por eso él, su sombra, se interpone, como ha hecho tantas veces, entre sus lectores y el libro que está reseñando), sólo leyendo mi libro, repito, se darán cuenta los lectores cuidadosos del ensayo que se discute aquí que más de la mitad de lo que Krauze utiliza en mi contra son datos que yo utilizo “en contra” de García Márquez. (En el mejor de los casos susurra que son datos que Martin “desliza” o que “se le escapan”.) Para decirlo en los términos más corteses, ésa no es la manera de acometer una tarea intelectual. Si Enrique Krauze estuviera seguro de su propia posición (si no estuviera defendiendo una posición), si estuviera dispuesto a pelear cara a cara, les habría dado a sus lectores, en sus trece páginas, una idea de lo que yo digo, de lo que yo logro, antes de explicar mis supuestas debilidades (las tengo, por supuesto) y atacar mis supuestas maniobras retóricas e ideológicas.
Pero a Krauze no le interesa mi libro, ni en lo más mínimo: lo quiere utilizar. En el fondo, con toda su brillantez, es un historiador aferrado –o quizás amarrado– a una concepción muy limitada de la vida y de la historia, es decir, a una ideología (que es lo que él les achaca a los historiadores que no le gustan, como Hobsbawm). Pero imponer una sola visión ideológica a la interpretación y la narración de la historia es ser, a final de cuentas, ahistórico. Y la ahistoricidad de su perspectiva es extraordinaria. Quiere llegar a sus conclusiones sin considerar las emociones y los deseos y las experiencias reales vividas por los hombres y las mujeres realmente existentes en nuestra época. Él no quiere saber cómo la vida le puede parecer a un hombre joven nacido en la tercera década del siglo veinte, sin muchas ventajas materiales, en un pequeño pueblo colombiano, exactamente como no quiere saber cómo la vida le puede parecer al equivalente mexicano de nuestros días y cómo ese joven mexicano va a ir escogiendo entre las diferentes alternativas políticas y morales que se le presenten en el camino.
No: para Krauze la única cosa realmente importante –ejemplar, diríamos– en la vida de García Márquez es su relación con Fidel Castro. (Aclaramos: esa relación es muy importante, como yo demuestro –aunque no solamente por las razones en que Krauze insiste– pero también son importantes muchos otros temas.) Repito: Krauze, con una alusión permanente pero nunca definida a un ideal abstracto llamado “democracia”, que utiliza para desacreditar a todos los que él considera adversarios ideológicos, no tiene el menor interés en cuáles han sido las contradicciones y perplejidades reales de la abrumadora mayoría de los latinoamericanos de su época, quienes no han disfrutado las ventajas que él ha tenida en la vida. No le gusta en lo más mínimo la extraordinaria popularidad de Gabriel García Márquez entre los pueblos latinoamericanos (“la simpatía popular que ha sabido concitar alrededor suyo”) ni mucho menos quiere aceptar que esa popularidad se base en valores diametralmente opuestos a los suyos. Debe haber alguna explicación perversa (o pervertida). Y a eso va su artículo.
Krauze critica a García Márquez por su “obsesión con el poder” pero esto, nuevamente, es risible: lo que a él no le gusta es el tipo de poderosos que García Márquez busca (sin añadir el hecho, muy conocido pero no mencionado por Krauze, de que son los poderosos los que buscan a García Márquez, porque él también es un poderoso). ¡Seamos enteramente francos: quién no sabe que el mismo Krauze ha querido siempre estar cerca del poder! Miren su Curriculum Vitae. Miren sus intereses.
Krauze dice que, con respecto a los artículos periodísticos de García Márquez, “Martin los hojea apenas, lo cual es una omisión lamentable en su biografía”. Sin embargo Antonio Saborit en Nexos esta semana dice: “Sin lugar a dudas la reconstrucción de la actividad periodística de García Márquez ofrece algunos de los mayores aciertos de Martin.” Saborit, pobre iluso, dedica casi la mitad de su reseña al tema. No sabe que la verdad está en otra parte (es decir, en otra revista).
Krauze también distorsiona –tiene que distorsionar– no solamente lo que hago en el libro sino las cosas que digo (lo que digo sobre el sistema político colombiano, por ejemplo). Su versión de lo que narro sobre el famoso incidente del duelo entre el coronel Márquez y Medardo Pacheco es, para decir lo menos, inexacta. García Márquez nunca ha enviado a sus hijos a colegios americanos pero a Krauze le conviene afirmar que fue así. Dice que mi biografía es “oficial” cuando debe saber perfectamente que no es verdad. (Yo sé que lee los periódicos para desinformarse de lo que pasa en el mundo pero esta cuestión se ha discutido en muchas partes.) Alega que “los archivos literarios a la mano no fueron consultados” cuando no puede tener la menor idea de si es verdad o no lo que afirma (no lo es). Distrae a sus lectores con comentarios selectivos sobre El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, comparándolo favorablemente con El otoño del patriarca, sin mencionar (¿o sin darse cuenta?) de que yo mismo fui el autor de la edición crítica de esa novela publicada por la Colección Archivos en 2000.
Me acusa de muchas omisiones. Bueno, Enrique Krauze sí sabe de omisiones. Entre muchas otras hay una especialmente interesante y, quizás, reveladora. El ideólogo obsesionado con el Fidel Castro leninista también está obsesionado, desde luego, con el bolivariano Hugo Chávez. Es más: le ha dedicado todo un libro. Y en mi libro yo señalo que, curiosamente, García Márquez no es muy amigo de Chávez con todo y ser Chávez el mejor amigo de Fidel Castro. Uno (yo, por ejemplo) habría pensado que este dato le interesaría a Krauze pero lo suprime (perdón, lo omite). ¿Por qué? Pues obviamente matizaría un poquito una historia que se quiere unívoca. Krauze acusa a García Márquez de “escuchar sólo la versión de los poderosos, contrarrestar (escamotear, atenuar, distorsionar, falsear, omitir) toda información que pudiera ‘hacer el juego al imperialismo’”. Pero quien hace todo esto, para no hacerle el juego a las ideas progresistas, es, precisamente, Enrique Krauze. Es lo que Freud llamó proyección y es la historia secreta de la carrera ensayística de Krauze. (Es interesante notar que sólo ahora se decide a atacar a García Márquez de manera realmente frontal cuando hace veinte años atacó sin vacilaciones –iba a decir “sin escrúpulos”– a Carlos Fuentes. Es que el precio en el caso de García Márquez será mucho más alto. Pero parece que Krauze ha concluido que, con la publicación de una biografía supuestamente “oficial”, ya no hay otra.)
Pero ésta, a final de cuentas, es la comedia mexicana de Enrique Krauze: finge ser crítico desinteresado e independiente cuando lo que es, realmente, es un propagandista cuyo objetivo es evitar que el país progrese y que sus multitudes sean beneficiarios de sus propios esfuerzos; finge escrutar la realidad para sacar conclusiones objetivas e ilustradas cuando –en realidad– saca las conclusiones a priori y después hurga en la realidad, selectivamente, para que la evidencia se amolde a sus conclusiones.
Y le ha ido muy bien.
– Gerald Martin

10 de octubre de 2009